miércoles 14 de mayo de 2008

Un segundo, un resplandor



De vez en cuando aparece el claro. Y si bien en algún escondrijo de nuestra persona hay una famélica ilusión, ávida de encontrar su materialización; la férrea cortina de nuestras certezas se devora esas ambiciones. Con sus poleas resignadas, y ese mecanismo fértil en herrumbre y desgaste, la capacidad de ahogarnos en nuestra respiración, aparece como la más frecuente de nuestras manifestaciones.
No hay delectación que no florezca con bríos enfermizos, y que pueda refulgir francamente, azorada por esa sensación de futileza que barniza a toda la realidad, y que la torna huera y repetitiva.
En ocasiones la idea de haber ido demasiado lejos, se pone a nuestra par, y camina burlonamente, eludiendo toda respuesta y crítica. Algo parece seguro, no se ha ido a ninguna parte; uno no se ha alejado de nada, y más bien, el concepto de distancia solo parece ofrecer una calma vacía, que nos refugia de esta cotidianidad que se nos presenta cada vez más incomprensible. En todo caso, uno no ha hecho más que alejarse de aquello que le disgusta, tomando el atajo de si mismo; hundiéndose en la nebulosa de la propia incoherencia, que no por ello, es menos patética que aquella que arde en el sentido común de todas las cabezas. Y así como a veces nuestro extrañamiento, nuestra extranjería, nos permite ver aristas que se camuflan en las cosas, así también, nos provee de efectos indeseables a la hora de conjugar nuestras acciones en el terreno de lo real. Es un costo, sin dudas, que paga el atrevimiento.
Pero de vez en cuando, aparece el claro. Y la mismísima providencia no sabría como combinar sus elementos para satisfacer a un espíritu que quiere jugar a ser taumaturgo consigo mismo. Y aunque la búsqueda pueda ser infinita, el malhadado encuentro con una gratitud, con una iluminación, parece justificar tanto desplante y valor estéril. Si, cada tanto, el alma se infla ante el capricho de una arbitraria composición de la realidad. O al menos, es la percepción de esa composición desde la propia atalaya, la que la convierte en un bálsamo. Pero todo es subjetividad, y eso es lo que importa. Y entonces, tanto camino deviene un acierto; y tanta contrariedad, parece tan solo, una lucha inevitable con uno mismo, en aras de conseguir esa milésima de luz. Luz que es el beso del sentido, y el amor de una armonía tan patente como efímera. Pero amor al fin.
Ese martirio se hace costumbre. Difícil puede parecer, abandonarlo sin desmadrarse. A tales encandilamientos, los suele seguir la oscuridad más dolorosa, en donde las sombras, de concreta negritud, tienen el mando y la veleta en el horizonte de las cegueras.
Ardua espera la que se vive, entre cenizas e igniciones. Industriosa argumentación, la que se tiene que construir para no caer en la desesperación y el completo desgarro. Y si bien nuestra vida se nutre de ausentes sonrisas, y burbujeantes angustias, todo en un segundo, se vuelve perfecto. Tan solo, por un segundo. Quizás sea una alucinación, un engaño, o un juego de luces. Pero todo ello ocurre, sin más. Al menos, de vez en cuando.

viernes 18 de abril de 2008

Triste humorada


Una alborada un tanto mendaz. La luz se ha colado por la ciudad con notable incomodidad, puesto que la incuria variable de nuestra población, ha levantado una risotada de humo que nos hunde en el estupor y la indignación.
Buenos aires nos vuelve miopes. Un cosquilleo carmesí se apodera de las pupilas, y las fosas nasales se visten de un hollín casi imperceptible.
No es un nublo el que acecha; incluso es del todo imposible divisar claramente el cielo para vaticinar algún capricho meteorológico. Y Buenos Aires se ve a la mitad; se ve como en sueños. La noche de los días pasados ha mostrado la belleza de un orbe nebuloso, irrespirable y lleno de magia, en ese apareamiento que las luces tienen con el humo, regalando espectros oblicuos, recortados en mil figuras.
Es una ceguera cargada de misterio la que se despliega en esta mañana. Una nueva ceguera para mis coetáneos, tan poco observadores como siempre.
Ahora la ciudad es una caverna platónica, llena de sombras y hedores. Las calles conocidas develan una nueva faz, atezadas y opacas, y no hay peatón que no cruce su mirada con otro, preguntándose silenciosamente, cómo es posible que algunas cosas sucedan. Y lo cierto, es que hoy, la realidad nos ofrece solo cien metros. Algo se quema, y esa ignición, deja su estela como un perfume insoportable. ¿Qué cosa se esta quemando?. Pasto, dicen; pero algunos aseguran que algunas cosas más: sinceridades, promesas, expectativas, futuros.
Hoy, como tras un velo tiznado, Buenos Aires muestra histriónica su paisaje onírico, y podría jurar que el algún sentido, sonríe. La materialización imprevista de un temor colectivo, quizás se esconda tras este humo que nos sofoca, como tantas otras calamidades.
Esta mañana, de sol empañado, un loco de esos que deambulan por la ciudad, se paró en la mitad de la calle, y como un heraldo desquiciado, advirtió a los pocos que pudieron oírlo: “alguien se ha robado el horizonte”.

viernes 4 de abril de 2008

Pequeños paseos en prosa


Salí a caminar como era mi costumbre, luego de que amainara la vorágine crepuscular que anticipa la orilla de la noche. Sabía que el oxigeno que reclamaba mi cuerpo, siempre embargado por esa asfixia melancólica, no se hallaría en ninguna parte. Pero esto nunca fue óbice para detener mi marcha. Era un absurdo hundirse en el abrazo de una búsqueda imposible; pero ostentaba la misma irracionalidad no hacerlo.
La penumbra mordía las aceras, y ya los rostros de los transeúntes se disolvían en una oscura ensoñación que los volvía antojadizos y amorfos. Guardaba una concreta imposibilidad el reconocimiento de algún rostro en la madurez de ese ocaso. Quizás ese detalle, torpe y baladí, constituyera uno de los encantos que me exhortaban al ejercicio del vagabundeo.
Una tras otras, las cuadras de mi San Justo natal, se presentaban indiferentes ante mi ligera inspección. Solo algunos rasgos arquitectónicos o alguna disposición puntual de la realidad, sobrevivían al inmediato olvido, amparados por un hálito onírico que me resultaba inexplicable; pero que asignaba a la prepotencia de mi mente, y la misteriosa importancia que su extravagancia le asignaba a las cosas. Todo ello, por supuesto, sin consultarme en lo más mínimo, desternillándose de risa y batiendo su marmita en la cocina de mi inconsciente.
La sensación de malgastar el tiempo acudía a mí en algunas esquinas. En otras, saludaba a todas mis excusas, que me recordaban que la acción, aunque diminuta, neutraliza el vértigo de las labores intelectuales. Y así, a medio camino, el paisaje desaparecía, como sucedía en todas las ocasiones, y solo quedaba el soliloquio infernal de todas mis ideas, debatiéndose ridículamente, levantando un polvo conceptual que me sepultaba de confusión. Y nuevamente, todo parecía en vano, y el regreso, tan incierto como la partida, terminaba por ganar terreno. El retorno era siempre, menos sabroso y más inercial; hacinado hasta el fastidio de pesares, dudas y reminiscencias de esa euforia primigenia que me había exhortado al paseo, para luego diluirse entre las calles. La propia noche que nacía, me inoculaba la oscuridad de su sangre, y mi mirada no podía dejar de deambular histérica de un punto al otro, enferma de sombras e invadida por un frenético ardor.
Volví sobre mis pasos, cruzando de vereda para que al menos, si alguna imagen se filtraba, no reavivase las llamas de esas voces que se habían despertado y que acallaba con forzosos bloqueos.
Por esas callecitas, andaba, ya fatigado, como tantos otros que se lanzan a la aventura de intentar perderse de vista. Como tantos locos, imbéciles y poetas, que buscan por las arterias de la ciudad, un sosiego, una llave, un signo que les proporciones una dosis de asombro; una novedad que acrisole y eclipse tanto alboroto, y les permita dedicarse por unos minutos a la dilucidación de una incógnita; al menos, para reencontrarse con la desilusión de encontrar siempre lo mismo, bajo diversas presentaciones.
Es el agrio viento de la derrota el que empuja en esos retornos.
Llegando a mi hogar, divisé el horizonte, sembrado de casas bajas, miedos y rejas. No había podido despistar a mi angustia, y dejarla extraviada en alguna ochava. Me seguía fiel y obstinada; con su rostro etéreo plasmándose en todo cuanto pensara.
Abrí la puerta de la reja, y la herrumbre besó mis manos, como alentándome al idilio. El mismo crúor cobrizo trepaba por ese farol que vomitando su luz, me obsequiaba la imagen de esos ósculos oxidados. Observé su ojo lumínico por unos instantes; podía jurar que el mundo se había detenido, ya que entre el silencio y la quietud, todo parecía articularse en una escena perfecta y siniestra.
¡Oh, querido farol!, esto no es París –le dije-. Y el invernal espíritu de estos días no me ha seducido tanto como para enamorarme de ti, y permanecer hasta mi fin a tu lado, como una mustia imitación de Gerard de Nerval.
Cerré la puerta. El mundo estaba entonces lejano, prisionero de esas rejas y oculto tras una muralla de cerrojos. Pero seguía caminando, en mi mente, puesto que las calles y nuestro errar, parecen desconocer, a veces, la posibilidad de tener un final. Era lógico que en el ponto de mi espíritu, las crispadas olas rompían vesánicas contra si mismas, en una orgía bulliciosa e incesante.
Esa noche, de seguro, moriría, como las anteriores, en un viaje ininterrumpido e inexplicable. Por otras calles, viejas e inventadas, continuaría, perseguidor y perseguido, hasta encontrar el cerroj de los sueños.
Con frecuencia recuerdo a Chesterton. Me agrada evocar las palabras leídas, y rememorar la fruición que sentí al encontrarlas por primera vez. Éste inglés sostenía que el poeta era el eterno disconforme, siempre invadido por penas y contradicciones; al punto de estar malquistado con la paz, aún caminando por las calles del cielo.

jueves 27 de marzo de 2008

La musa voluble



Bien, he terminado la nota. Y la última palabra que se fugó de mis dedos se incrustó en el texto con un suspiro que mezclaba el alivio y la premura por finiquitar el trabajo que había comenzado. ¿Encontraré alguna vez el motivo por el cuál, cada tanto tiempo, la silla y el ordenador se convierten en una especie de cadalso, que tan solo con su imagen, me quitan el aire y las ansias de escribir?. Así de sencillo es, y todo se halla en la misma raíz de la cual ha salido esta nota: la mente.
Lo cierto es que en esos lamentables episodios, una retahíla de malestares se conflagra en mi cabeza, para liquidar cualquier intento creativo. La fatiga se apodera del cuerpo, y ya la música de las oraciones desaparece; y un plúmbeo desamparo me rodea, y todo cuanto intento transmitir, se vuelve nulo, se atrofia y se desangra de significación. Es más, no me han faltado ocasiones en las cuales, he terminado huyendo de mi labor literaria, aturdido por la falta de coherencia total que exhibía en mi mente, aquello que segundos antes, parecía tan diáfano y concreto. Juro que es un temor inexplicable el que se apersona delante de mí, convidándome con su prodigalidad de angustias, hesitaciones e ilapsos. Esta endémica maldición socava aquellas viejas ganas de decir algo que de común me nacen; ese hobbie chapucero que suele ser el recreo de mis eternas inquietudes; esa voz que se alza sin expectativas ni presunciones, para ofrecer una fugaz primavera a mi atención, y acallar ese ruido sempiterno que se aloja en la conciencia. Pero me trastorna, sin más, sentir que un párrafo que hace un instante parecía un eslabón perfecto dentro del mapa de letras, aparece luego, completamente ajeno, distorsionado; hasta podría agregar que dentro de tal marasmo, se da lugar también la disolución semántica de algunas palabras. Allí están, las veo y las leo; pero parecen no ser ellas, ser vacuas (como lo son, ciertamente), carecer de ese intrínseco sidecar sígnico. Allí están, esqueletos deformes y ligeros, de alguna fantasía insoluble y desconocida. Cuando esto sucede, nada resta más que distanciarse y respirar. Buscar imágenes, hacer foco en alguna otra cuestión o tan solo, echarse en la cama a divisar ese firmamento de mugre que yace en el cielorraso.
Bien, he terminado la nota. Y por suerte en esta ocasión, la ausencia de mis saboteos me permitió concretar alguna sarta de ideas que aparentan tener conexión. Pero por lo general, la complicación no termina allí; porque, no obstante haber sobrevivido a esos impulsos autodestructivos que me acometen sobre la marcha, debe luego enfrentarse a esa inspección final que le propino unos días después. Esa que, de ordinario, termina demoliendo todo el trabajo; mutilando ferozmente mis expectativas de haber logrado alguna cosilla interesante.
No es fácil escribir y quedar satisfecho. Únicamente el encandilamiento de un ego beato puede otorgar la posibilidad de saborear un texto propio, y no llenarlo de improperios por la deforme sustancialidad de su aspecto. Tonterías.
Básicamente, nada podría abandonar el anonimato que inflijo a mis zonceras literarias, de no ser por esa sensación que alla fin fine, tiraniza mi pensamiento. Fagocitada de hastío, de incertidumbres y de un caos sin coordenadas, mi mente capitula y se entrega a la búsqueda de un amor que le permita desentenderse de esa vorágine, sin caer en la simple destrucción y el vacío. Una densa resignación viene, entonces, a sosegar tanta violencia y prejuicio. Con ella, el dolor deviene mansedumbre, y la melancolía se condimenta de paz y se sacude de lógicas y explicaciones. Suele ser en ese puntual momento, en el cual, tomándome por desprevenido y a toda prisa, presiono esa fatal tecla que todo lo vuelve irrevocable; esa tecla pérfida y maliciosa que me inyecta una mixtura de sensaciones entre las cuales bailan el ridículo, el arrepentimiento, y la más franca vergüenza.
Quizás escribir sea fácil; y sea mi musa, desquiciada, la que se regodee alegremente de mi eterno aturdimiento.
Ahora, el texto descansará unos días, para luego releerlo un tanto más lejos del que he sido hoy, y reprocharme los vicios y corregir, en lo posible, los desvaríos más evidentes.
Hasta ese entonces.

miércoles 27 de febrero de 2008

Escritos del Flaco: El encanto de las cegueras temporales

Si existe un tábano capaz de hacer convulsionar a una mente lucida, ése es el de las contradicciones. Porque el ardor de ciertas fricciones involuntarias (en un principio) que se dan en el alma, es capaz de tomar dimensiones inusitadas cuando se trata de conceptos que torpemente, se creían resueltos y archivados.
Este pequeño manuscrito del flaco despertó un agrado especial en mí, visto que barruntaba aquello que sucedía en el interior de su mente. Sin agregar mas detalles, dejo constancia de su hemorragia literaria, que de seguro, tendrá más sentido a la postre, al relatar el resto de los sucesos que completaron sus días.


“Cuando la niebla de nuestra necedad se difumina; cuando las luces de la fantasía dejan de resplandecer en esas paredes imperceptibles; cuando la aventura deviene un análisis científico, se acaba el sueño, y nuestros parpados, pegajosos y renuentes a reaccionar, se ven forzados a divisar aquello que el panorama les demuestra como la fiel copia de la realidad; un ordenamiento casual, inanimado y de una notable aridez sustancial.
Allí donde la imaginación limaba y deformaba asperezas; allí donde los contrastes parecían conjugar formas y precisiones; allí donde nuestra inocencia y nuestra estupidez leían una resplandeciente sombra como una verdad, aparece luego, casi sin aviso, el rostro franco y despiadado de lo real, decorado con el inocuo brillo de sus prerrogativas insensibles y vulgares.
Final de juego para nuestras sensaciones. Óbice para el inconsciente volar de nuestra mente. Cuando el verbo deviene en palabra llana y explícita, allí la cosa se transforma en cosa y circunstancia. Y nuestro ser, trastornado e invadido por un fulgor vergonzoso, se hunde en una mudez impertérrita, en una forzada amnesia de nuestra voz, que se nutre de espasmos de ridículo y arrepentimientos alevosos.
Y un pensamiento nos arrebata el sueño: “todo estaba allí, a simple vista”. Y todo un mar de explicaciones no alcanza para resolver el por qué de nuestra ceguera y ese morboso afán que nos ata con toda contumacia al error.
Así es, y tan solo un segundo basta para que en un tris, la mente recuerde su colección de análisis y obsesivas elucubraciones. Una pequeña chispa basta para retomar de aquella panoplia abrigada por el polvo, la espada de nuestra sagacidad, que nos conduzca al camino del control; al cómodo amparo de nuestras vetustas convicciones.
Pero realmente suena ilógico tratar de obedecernos incondicionalmente. Porque esto no solo sería un absurdo, sino que redundaría en una falta de sinceridad para con nosotros mismos. Guarda todo el sentido, pero también así un fastidio letal, la idea de sacar todos los días a pastar a nuestra lógica y su aburrimiento, segando con su lengua viperina todo aquello que nos parezca incoherente o riesgoso. Es en esa negativa y su actitud enfermiza, pero humana, en donde se hallan quizás, las respuestas para nuestras permanentes imposturas.
Bregando por fantasías y nieblas, es como nos hundimos en esa perdida. Porque en la manufactura de esas utopías hay un placer, que si bien es miserable y artificioso, logra al menos con su engaño, ser aquello que anhelamos. Un placer.
¿Cómo no odiarnos tras ese conformismo, y esa complicidad para con nuestra imbecilidad?. Pero, ¿Cómo detenerlo, sin detenernos definitivamente?.
Errare humanum est…y el amor por las escenas nebulosas y de ensueño, no se agotará en un análisis de sus desventajas y probabilidades.
¿Cómo no aborrecer a nuestra eterna debilidad?.
¿Cómo no gozar el desarrollo de esas ficciones de las que somos creadores, actores y mártires?
¿Cómo no odiarnos infinitamente?”.

viernes 22 de febrero de 2008

Prueba de sonido durante la función de Selene


La noche del norte se placía en musicalizar las calles con el murmullo polisémico de una brisa insomne y veleidosa. En la penumbra de Florida, algunos cuerpos deambulaban por las aceras, consumidos por el calor, dirigiéndose hacia el punto que suponen, alberga el alimento de sus calmas y ampara las heridas de esa desesperación diaria.
Eclipse de luna, cantaban los heraldos televisivos, y con una imagen clavada e inmutable de una luna que parecía mudar su apariencia, un reportero entusiasta e idiota, demostraba sus dotes de vocinglero para engalanar un hecho tan interesante como soporífero. Y afuera, en las veredas, más de un cristiano avivaba el fuego de alguna contractura manteniendo el cuello enhiesto en la contemplación de ese gran vacío que es el cielo.
Noche despejada. En la madrugada, ni los borrachos consuetudinarios se encontraban en las esquinas. Algunos comentarios dicen por allí, que las noches de eclipse guardan horas misteriosas en sus negros intestinos. Definitivamente, nada fuera de lo ordinario había ocurrido; a no ser, por esas explosiones en la juventud de la madrugada. No es extraño sentir esos horrísonos latigazos partir el silencio del descanso nocturno. La cuestión, es que en su lejanía, encierran mil dudas sobre la génesis de tales sonidos.
Truenos sin nubes, fusilamientos furtivos, balaceras recónditas, festejos de religiones desconocidas…. los estallidos viven su fugaz intensidad, y dejan tras su paso, mil despertares, insultos e incógnitas.
La noche del eclipse dejo su impronta con dos estruendos que se incrustaron en las conciencias de más de un fulano. Pero nadie salió de su casa para observar de qué se trataba. Porque quizás, fueran los gritos de algún animal increíble que los pudiera devorar junto con sus temores. Y que tristeza sería perderse el eclipse por un encuentro tan fantástico e imposible.

viernes 11 de enero de 2008

Lógicas alucinaciones de un pasado risueño


Cada tanto tiempo, infiltrándose por los intersticios de alguna anécdota injustificada y su póstumo silencio, arribaban los tópicos de siempre. Con el flaco teníamos esa costumbre, la de exhumar alguna vieja idea, escudriñarla y encontrarle, análisis e imaginación mediante, una nueva veta para explotar en su infinita dilucidación. De este modo, ciertas concepciones que ya teníamos por veteranas, reaparecían ante nosotros, cada vez más desarrolladas, graves e insoportables; vistiendo una nueva complejidad que les otorgaba un interés que habían extraviado, erosionadas por el tiempo y el tedio. Algunos de estos temas se habían fagocitado de manera increíble, despojándose de su simpleza fáctica, para erigirse en una torre de significados en eterna construcción, como un dado mágico que se alimentaba de su propio girar y que permitía a sus espectadores, hipnotizados, comprobar la existencia de una nueva cara; y así también, barruntar la posibilidad de que otras mil permanecieran en una vida latente y furtiva, esperando por esa sincronización de conceptos que les franquease el paso hacia la luz del conocimiento y reverberase sus ignotos relieves.
Recuerdo que eventualmente, una proposición se ensañaba con nosotros, y nos movía, en una euforia por lo más aplacada, a la reflexión y la risa. En un punto, nos habíamos puesto de acuerdo con el flaco, siendo que algo nos ocurría con frecuencia, y nos suscitaba un ilapso de hesitación. En nuestro derrotero intelectualoide y frenético, siempre le asignábamos más interés a los hechos, del que en realidad estos poseían. El colofón de estos descubrimientos, era la risa; condimentada, sin más, con algo de ridículo e indignación. Vayamos al punto. Aquello que de corriente nos sucedía, era que un simple acto, que podía ser una torpeza ajena, un respingo voluntario o una lisa y llana exposición, devenía en nuestras mentes, un torrente irrefrenable de especulaciones, que como una bola de nieve, terminaba abasteciéndose de todo cuanto tenia cerca, para incrementarse y amplificarse. Allí donde uno se encontraba con una mueca histérica, o con alguna actitud miserable, pero explicita, aportábamos con nuestra ansiedad, una cuota tan desmesurada de aditamentos, que la cuestión terminaba por parecer sencillamente, un plan siniestro, ejecutado por una mente genial. Ese era nuestro error. Porque incurríamos torpemente, en la sobreestimación de nuestros pares, adornándolos con nuestras propias inquietudes, regalándoles una capacidad de operación que definitivamente, les estaba vedada. En incontables oportunidades nos hallamos con tal libreto en la mano, relatándonos con furente entusiasmo, aquello que, de una simple escena de nuestras vivencias, se había transformado en una maquinaria infernal de especulaciones, en la cual, nuestro virtual licurgo, ejercía con una industria inédita, una acción que inexorablemente, llamaba a la madre de todas las perplejidades. Y allí, tanto el flaco como quién escribe (según quien narrase y quien escuchase en esa ocasión), aturdido de tanta vana exclamación, llamaba a la cordura, por amor a la claridad conceptual y odio a ese tipo de patetismos inerciales. Y allí, no cabía otra posibilidad que la risa. Porque aquello que habíamos vivido (con un amigo, una dama o un ferretero, lo mismo da) y que quizás había sido una escuálida afectación, o simplemente, un amago o un “actuar para”, se había convertido, por arte de nuestro propio potencial, en una obra maestra de la destreza especulativa y el pensamiento manipulador. Y en realidad, no había nada que no fuera, la lozanía de una hipocresía clásica y conocida; los frutos de un mecanismo tan patente como mediocre; ese tartufismo amateur que parece inseparable de la condición humana. ¡Y que ardor nos nacía con tal revelación!. Y una vez comprendido, que aquello que parecía una ventana era un espejo, tan estrafalario se nos antojaba nuestro pasado discurso, que tan solo la válvula de una carcajada podía descomprimir tal bochorno de ridiculez. Insólitamente, esa tontería nos sucedió tantas veces, que terminamos pergeñando una teoría sobre la cuestión. Una fantochada sobre la auto denigración, el síndrome de Estocolmo y las invisibles lupas que se funden en nuestras mentes. Por suerte, no pude encontrarla entre los escritos del flaco.
Así funcionamos. Y ahora que el flaco ya no consume nuestro oxigeno, me río solo al sorprenderme en la obsesiva inspección de alguna experiencia reciente. Y siempre amonesto a esa generosidad que se cuela en mi paciencia, para derrochar tantos minutos en el análisis de una pedestre idiotez, llana y sin meandros.
Inevitablemente eso seguirá ocurriendo, puesto que debo aceptar que es una constante. Pero al menos, la risa se llevará el caudal de imbecilidad que se desata en mi interior, y destrabará esas fauces que siempre tengo en funérea actitud. Quizás todo sea parte de una carencia; la ausencia de verdaderas posturas y malévolas, pero francas, imposturas. ¿Quién sabe?.
Así funcionamos. Ese era uno de nuestros tópicos favoritos, que se insufló largamente, de horas, cigarrillos y risas.