viernes, 14 de diciembre de 2007

Amanecer de nauseas y premuras



Eran las 6 de la mañana. El díscolo sueño, con quien tengo un idilio beligerante, me había abandonado súbitamente, dejándome en la penumbra, con todo la mañana a mi servicio. Es una calamidad comenzar el día reflexionando sobre aquello que deberíamos hacer. Las cuentas no nos cierran nunca, y la energía jamas nos parece suficiente como para enarbolar las banderas de la acción, y concretizar todos los proyectos que de ordinario masticamos. No hace falta más que ponerse de pie, y obtener una mínima impresión de nuestros sentidos y velocidades para sacar la conclusión de que el tiempo de nuestras hipótesis, es por completo una caricatura patética y pusilánime del concepto de tiempo que conforma la esencia de ese inescrutable idioma que murmuran los relojes.
La penumbra y su humor caliginoso, ofrecía un reparo a los ataques simbólicos de la realidad. Todos los significados y sus asociaciones, permanecían allí, al acecho, aguardando esa eyaculación lumínica que los inficionase de vida y les franqueara la entrada al escenario de nuestras mentes. Pero mientras tanto, esa enervación que sufría la luz, bajo la égida del momento y las cortinas, permitía el juego de las disoluciones. Todo era un bosquejo, débil y alucinado, que relajaba con su carencia de sentido y esa torpeza para traducir los subyacentes mensajes que guardamos en todas y cada una de las cosas.
El aire se quedo con el recuerdo de un cigarrillo, que con guirnaldas móviles, decoraba de manera casi imperceptible el umbroso espacio. Esas perezosas nubes fueron las que le dieron algo de animación a la mañana. Un vistazo al reloj, dejó en evidencia que una hora había sucumbido, con paso más que discreto y una vida de sustancial vacuidad.
El sopor del sueño había desaparecido por completo, y una claridad ganaba fuerza, ampliando el cuarto, y espantando a las sombras. Allí estaba todo, como siempre.
El tiempo y sus exhortaciones eternas, también estaba, estallando silenciosamente en cada minúscula partícula. Las reflexiones tomaron cuerpo definitivamente, tanto así coma la urgencia y la esterilidad de tal desesperación. Como siempre.
Tan solo restó levantarse, y experimentar la acción de los años en la osamenta, y el peso de las tribulaciones estorbando la vivacidad de la consciencia.
Ya no había penumbra, ni sueño, ni tiempo. Solo esperaba el baño y su misterioso espejo. Un almuerzo de forzosa frugalidad, y las numerosas exploraciones a la faz del reloj, para salir a un horario prudente y llegar puntualmente a ese funesto trabajo.
Y seguía pensando en las mil cosas que tenia que hacer, y en esa fiaca sempiterna que nada tiene de casual; en ese sueño que repentinamente, se esfuma sonriente; en esa penumbra que parece, por momentos, permanecer en nosotros.
Y ya era tarde para todo. Y yo envidiaba a Gregorio Samsa.

2 comentarios:

Κλεοπάτρα dijo...

...tus cavilaciones y las mías, por mi lado ( que no son diferentes en nada), por más que queramos, no nos metamorfosean, lamentablemente.
(Ni la urdimbre kafkiana nos alcanza)
¿O sí?

... dijo...

Quien lo sabe?
Alguna metamorfosis, aunque sea minima e inofensiva, se ha sufrido, imagino, para alcanzar determinadas reflexiones.
O quizas, sea tan solo una idea, un concepto de fuga para abandonar la chatura de lo real. Y por que no, podría pensarse, que se busque en la metamorfosis tan solo un artilugio para diferenciarse del resto y mostrarse ajeno, interesante y falaz.
Es un buen tema.
Salut Cecilia! Le agradezco el comentario y el link.