martes, 11 de diciembre de 2007

Perros, hombres y avenidas



El misterioso y colosal tanque de Constituyentes había desfilado delante de mí, para luego esfumarse de la ventanilla del automóvil. En una época, su poderosa inmensidad me fascinaba y me embargaba de curiosidad sobre su contenido, su pasado, su origen incierto, y su subsistencia inexplicable. Ahora, con un cartel de desodorante promocionado por una muchacha de belleza inanimada, sufría el desencanto de su vida de ultratumba, en la vomitiva monotonía de un presente publicitario y posmoderno.
Sobre la avenida General Paz, un enjambre de rodados se sucedía interminablemente, intoxicando el aire con sus vahos fuliginosos, el estridente cantar de las bocinas, el sulfuro de la ansiedad y el denso murmullo de miles de insultos automáticos.
Hiriendo tal pedestre imagen, un animal, en trance de esa envidiable indiferencia que poseen, le ponía, con su desgracia y su torpeza, un escupitajo de color y del más refinado dolor.
Un perro, partidario de esos canes montaraces que se deslizan por una vida de hambre, riesgos y libertades, había padecido el infortunio de conocer la casi insoslayable impiedad de una avenida tan poco agraciada para con los seres de carne y hueso. Allí, atravesado por la vorágine humana, se afanaba por hacer comprender a la realidad su capricho, con gruñidos imperceptibles y una desesperación en firme crecimiento.

Una vez consumida la distancia que nos separaba, la escena arribó finalmente a su cenit dramático, y permitió a mis sentidos absorber plenamente aquella tragedia, junto con todas sus lacerantes implicancias.

Aquella infausta perra, ardiendo en el deseo de abandonar aquel infierno incomprensible, no hacia más que tironear en su ciega ignorancia, de aquello que minutos antes, había sido su cachorro. Con una tenacidad conmovedora, se asomaba inconsciente al peligro de correr la misma suerte que su cría, rozando su hocico con los calurosos neumáticos que nunca cesaban de pasar. Y así, en incontables ocasiones, intentaba, con una contumacia digna de una madre, llevarse a ese pedazo de sí, que repentinamente se había quedado allí, en un aplastamiento mudo e inmóvil. Su boca se llenaba de pelos, y su hocico se lastimaba, pero una fuerza mayor a ella, la impulsaba solemnemente a permanecer allí, junto a su cachorro. La muerte quizás tendría algún espacio en los departamentos de su instinto. Pero claramente no llegaba a comprender que aquel ser que la acompañaba fielmente, y que había salido de su propio cuerpo, era en ese momento, tan solo un amasijo de pelos y entrañas inconexas; un revoltijo deforme e insensible que ya jamás volvería a ser el de antes. Pero nada podía detener sus tentativas, y cada coche que pasaba por encima de aquel desgraciado, se transformaba en un acicate más para su desesperación por alejarlo del caos y la crueldad de este mundo.

Finalmente desistió, bajo el influjo de vaya a saber qué justificaciones. Y luego de alejarse de su muerto retoño, se disparó entre los autos, con un frenesí al que no pude asignarle una interpretación. Imagino que, visto que su cría no quería seguir su curso, ella tampoco quiso hacerlo, y de alguna manera, buscó la forma de averiguar por si misma el origen de aquel abrupto cambio de conducta que los automóviles y la General Paz, le habían inoculado a su cachorro.

Maldije sin más, la fortuna que me hizo reparar en aquella escena luctuosa y sublime. Ese tipo de comportamientos, tan lejanos de las mentes razonadoras, adquieren una dimensión nueva y brutal, al ser adoptados por los animales. El hecho de poseer almas lisas y sin dobleces, no puede más que generarnos la sensación de encontrarnos frente a un sentimiento real. En toda esa estupidez animal, la espontaneidad y la especulación sincera se patentizan de una manera abrumadora. Qué diferente se me antojó, de nuestra estupidez, compleja y enrevesada, teñida de voliciones maliciosas y posturas acartonadas.

Volví en mí, y ya cruzábamos la avenida San Martín. El dolor de las imágenes chorreaba fríamente sobre cuanta reflexión me propusiera. Luego la imagen se difuminó, y sin comprenderlo aun, aquella desventura se transformó en una cuestión netamente humana. Y algunos comportamientos, tan lejanos de las mentes razonadoras, adquieren una dimensión nueva y brutal al ser adquiridos por los humanos. Y sin encontrar razones para tal concatenación, me formulé sin ánimos de compartirlo: ¿cuántas veces nos encontramos tirando de aquello que claramente esta muerto, obviando la realidad, entregándonos al capricho de la negación y la fruición de quimeras peregrinas?; ¿En cuántas ocasiones mantenemos nuestra esperanza en vilo, por cuestiones que han perimido evidentemente, llenando nuestras bocas de pelos y gusanos, y revolcándonos en la fantasía de poseer aún, aquello que no es mas que un recuerdo?. Y lo que es peor, quizás tan solo el recuerdo de una agonía ya extinta.

Aquello me había afectado. La pobre verdad que podemos dilucidar de nuestras cosas, no es menos espantosa que las mentiras que podemos hallar en nuestras vidas. Y el sentimiento de hallarse ante lo irremediable, puede canalizarse en un adormecimiento consentido, o en un frenetismo atroz. Un desgarramiento tan hiriente, como para arremeter desaforadamente ante una marea de autos.

Doblamos en Emilio Castro, para dar por fin, las espaldas a la avenida, y sensiblemente aturdido, me acurruqué en mis pensamientos. El final de ese día fue de un áspero atosigamiento. Se fue en una constante evocación, cada vez más detallada e intensa; se fue en una reiteración de reproches a la suerte que me galardonaba con tales situaciones; se fue en deformes y tozudas asociaciones, que me invitaban al delirio de trasladar significados e inventar alegorías. Aquel ocaso se desvaneció tristemente, dejándome exhausto, degustando la acrimonia de las fatalidades, con una caricia imposible y eterna para esa perra madre.

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