
“I'd give you everything I've got for a little peace of mind”
Pocas cosas son las que, como todo ser humano, puedo afirmar rotundamente sin ruborizarme ante el pensamiento de estar obviando un argumento fatal, que refute mis palabras y me franquee la puerta del ridículo. Entre esas pequeñeces, se encuentra una minúscula certeza: la calma no existe.
Sea cual fuere el camino que se trague nuestras huellas, la búsqueda de la calma sonará siempre a utopía, a estupidez consciente, a fe mendaz y a ceguera de añorada obstinación.
¡Si, lector, la calma no existe!. No al menos, en una proporción que pudiéramos considerar como digna de ser recordada como tal.
No hablo de esos momentos repletos de nada, ni de siestas babeantes en algún verano de nuestra infancia. No me refiero a la ausencia de ruidos que propicien silencios sedantes, ni hago alusión a quince días de descanso en algún meandro del ponto.
La calma que ocupa este miserable espacio, es aquella que anhelamos poseer en las dimensiones de nuestra mente. Aquella que barruntamos, seria tan perniciosa para nuestro histórico dolor; aquella que descompondría, suponemos, la ya sanguinolenta irritación de nuestros nervios, despejando nuestros espíritus, abriendo un panorama con un vacío renovador. Esa calma, lectores, no existe. Y si bien alguno osase apuñalar a mis pretensiones acusándome de remontar perogrulladas, tan solo podré responderle, que únicamente de la mano de mi capricho he concebido esta nota. Porque sin darme cuenta, he perdido muchos años de mi vida contando a esa búsqueda de la calma, como uno de los acicates para mi permanencia. Y tan duro ha sido reconocerlo, como aceptar que esa imposibilidad pueda darme alguna gratificación con su hedor conformista.
No hay calma que se asiente en nuestros dominios que desee permanecer en ellos y afianzarse por un tiempo. No es posible convencerla de adormecerse y holgar en nuestras conciencias por un periodo prudente. Simplemente, se desvanece. Veleidosas sus alas, la hacen partir con tal frenesí, que deja tras de sí, un remolino de polvo, recuerdos y lozanas inquietudes.
En la soledad y en el bullicio; en el amor y en el odio; en la amistad, en la locura, en todas las formas, sólidas o espectrales, en las que se materializa la vida, el equilibrio y la continuidad que deberían posibilitar la calma, nos mienten vilmente. Y siempre, con meticulosa exactitud, desaparece, para invitarnos con su nostalgia a recomenzar la pesquisa de su ignoto paradero.
¿Para qué entonces, desperdiciar nuestros días en la pretensión de imposibles?. ¿Con que objetivo, invertir nuestro tiempo en la consecución de una fantasía?. ¿Para qué renegar de nuestra escasez de sosiego, si esta visto que tal estado es una mito entre tantos otros?. Misterio y cobardía.
La incesante ruleta de las necesidades nos quita la paz, y arrasa con ese endeble castillo de naipes que torpemente erigimos en el ojo de un huracán. El irrefrenable devenir de acontecimientos, sustanciales y nimios, nos afectan notablemente, esparciendo sus partículas infecciosas, devorándose finalmente nuestra atención, lapidando esa enclenque bonanza que tanto nos había costado alcanzar.
Somos leves y al mismo tiempo, marchamos, increíblemente, con una cuantiosa carga de bártulos invisibles. No hay quietud ni silencio que no guarde tras su apática mudez, un vértigo como obsequio por su efímero paso. La calma es una ilusión, óptica o concreta; como el cielo, como la verdad, como dios.
¿Por qué motivo no admitir esa realidad, y abordar a la vida con otras armas, paladeando sensaciones diversas y obrando de una manera diferente y concreta?. Amarga claridad la que muestra nuestra reluctancia a deshacernos de aquello que tan propio nos es por imposición ajena. ¡Que enorme disgusto se le debe a esta vida y a esta cultura, por rellenar nuestros primero años de ficciones, que solo preparan una bomba de eternas contradicciones!
¿Y la calma?. No existe, pero se la busca. Por mi parte, desisto de concebir su existencia. Con profundo pesar, sin arreboles ni envanecimientos.

4 comentarios:
Nada puede descifrarse...somos un incesante suceso temporal...aleatorio e inexpugnable.
Ni la calma, ni la desdicha, ni la posible alegría se permiten ver...
{sólo sabemos de sus luces y sombras, cuando las transitamos}.
...sin nombres, porque no los tienen...
Ante todo, gracias por el comentario. Y el matiz de debate que lo envuelve.
No dudo de la total imposibilidad de crear nombres que puedan dibujar la superficie de aquello que somos en lo más profundo; pero ciertas reducciones existencialistas, solo nos transformarian en pichones de Heráclito, y terminariamos como él, tan solo señalando las cosas, por la inexistente posibilidad de catalogarlas lealmente. Es un gran problema del hombre. Pero visto que nos embarcamos en la aventura de la realidad (y la vivimos, con todas sus formalidades y protocolos), y que la llenamos de sentido y de signos hipocritas, no podemos evitar su analisis. Sobre todo, porque esa red semantica, nos afecta de una manera notable en todos los niveles de la vida. Esa cultura, es la tortura y la mutilacion de nuestra esencia. Pero es la miserable herramienta que se nos dio para transitar la existencia.
De todas formas, la persecucion de un estado ideal, de una panacea de nuestros sentidos, va mas allá de sus nombres, y esta relacionado a una inercia instintiva. La traición que pueda plasmarse a nuestras ideas con el filtro de la lengua, es tan patente, como inevitable...y miles de iluminados han osado y osaran utilizar las palabras para acceder a lo inaccesible. Es una busqueda vana; pero en esa busqueda se nos va la vida. Repantigarse en el limbo de nada, nos quitaria la chance...a mi, de escribir mis modestas notas..a ud, de poder adornarlas con un comentario.
Es imposible nominar a lo real y a nuestros productos subjetivos sin engañarnos. Pero tambien es imposible no escribir sobre ello; como asi tambien, dar nuestro parecer sobre la veracidad de las traducciones ajenas. Y todo eso, con nuestras pobres palabras.
Me halagó mucho su comentario.
Salut!
Es verdad que nos fatiga demasiado no poder poner nombres a las sensaciones, porque se nos llena de vacío la línea de nuestra eterna mueca.
Se nos representa la nada como un todo y así como parecen opuestos, se complementan...el todo entero es igual a la nada en sustancia.
Verbalizamos, para alejarlas y también señalamos por lo mismo.
...y codificamos nuestros deseos y tristezas para que tengan entidad...pero después debemos decodificar los deseos y tristezas verbales del otro, para entenderlo, comprenderlo y hasta aceptarlo.
Las palabras son las que nos alejan, indefectiblemente de la eterna finitud que se nos antoja caprichosa, mal que nos pese.
Apalabramos para creer lo que fingimos.
(...necesitamos ver la orilla...)
También es parte del teatro cotidiano, quizás vital. Nos enseñan las diferentes búsquedas del libro de la ficción azul. Buscar un centro ilusorio del cual pender con seguridad. La lucidez mata esperanzas y optimismo, sin embargo también ella entiende de necesidades y entre esas está tolerar la ilusión colectiva de "calma" o "felicidad" (mientras el tolerar una costumbre inevitable no mate nuestras posibilidades indecibles de lo real, entonces sólo nos toca fingir un poco que creemos en la palabra para poder convivir). Sincerándonos en esos momentos de individualidad pero sabiendo que también somos personajes de la escena grupal.
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