
Me he quedado unos días observando el techo. Casi podría decir que me he convertido en el techo por unos días, olvidándome por completo de aquello que oficiaba como soporte de mi mirada. Y cuando no escudriñaba la abigarrada imagen del cielorraso, observaba un monitor, un colectivo, un subte o alguna ignota arteria de la ciudad.
De estos días conservo apenas unos pequeños recuerdos; la mar de míseros y fugaces. Unas fotos desteñidas que atestiguan el paso del tiempo y la completa ausencia de voluntad para transformarlos mediante algún sentido.
Hoy me he despertado un tanto irritado por el hambre y el aburrimiento. Y sin asombro he comprobado que el techo quizás, se había aburrido también de mi insistente contemplación, puesto que ya no encontraba en él aquella fascinación que lo hacia tan seductor para mis depresivas pupilas.
Hay lagunas que pueden extenderse en el tiempo. Hay personas que parecen vivir en una laguna permanente. Lo cierto es que retornamos a nosotros cada tanto, para descubrir que seguimos siendo siempre tan iguales e inalterables. Quizás para volver a hastiarnos de nosotros y recomenzar este interminable ciclo de amor y odio. Porque en realidad, nos fatigamos de nuestra esencia, pero nada de ella podemos cambiar cuando aquello que forma lo real, es definitivamente inferior y poco estimulante como para alentarnos a una revolución interna.
Hoy el techo me ha abandonado a mi suerte, rompiendo ese pacto mágico que guardaba con mis ojos. Pérfido acuerdo para desentenderse de mi.
Pero aquí estoy, mal que me pese, y con cierta felicidad de reencontrarme, tan insoportablemente idéntico al de siempre.
Allí esta la puerta, con ese hueco que esconde las calles, la gente, el odio, el amor y la muerte. Allí voy, como en tantas otras ocasiones, a pescar recuerdos, dolores y futuras lagunas.

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