miércoles, 17 de septiembre de 2008

Tour de lo cotidiano: ganado.. vencido..



Fue por Provincias Unidas al 700 que divisé por la ventanilla del 55, en un balcón, a una vaca de plástico. De sincera escala, encajonada en un dos por uno, el falso rumiante despertaba a más de uno de la ensoñación del viaje. Quienes sufren ese mal tan común que es la falta de dinero, se ven obligados a despilfarrar sus horas en algún trabajo, y para aderezar aun más este respetado castigo, tienen casi como paso obligado, el uso del transporte público. Hacinados en una burbuja metálica rebosante de humo y otras mefíticas exhalaciones, el viaje ofrece normalmente, un estado de sopor, que invita inexorablemente al mareo y al delirio fisolófico.
Allí estaba la vaquita, en tan incómoda situación que era casi imposible no sentir el aguijón de su presencia, y despertar con tal acicate, una disertación consigo mismo, alimentada por el capricho de sabe qué asociaciones. Los cierto es que de su imagen hilarante, de apócrifa prisionera, baje la mirada al interior del ómnibus, para encontrar en todos cuantos nos hallábamos allí, algo de ese falso animal. Ya al ingresar el colectivo a la Capital, cruzando ese límite que impone la General Paz (límite que no extingue su significado en lo estrictamente geográfico), se hallaba el vehículo amoblado de tal manera por sus parroquianos, que difícilmente se podía dar un paso, sin aplicar con el zapato un beso de mugre sobre el tobillo del vecino. Allí es donde, recortado el espacio y la libertad de movimientos, el juego de las posturas comienza a hacer de las suyas; y el balance del cuerpo sobre un pie, pasa luego al otro, para finalmente aceptar la ominosa realidad, y entregarse a una rigidez que sabemos, pagaremos durante el resto del día. Todo movimiento queda restringido a una minuciosa operación, visto que el más minino detalle, podría generar una discusión que insuflaría más las arcas del fastidio general.
Y por si esto no fuera poco, el aire, que ya nada tiene del mismo, se enrarece entre las respiraciones, los bostezos, los vahos etílicos, y los mil perfumes que danzando en colosal simbiosis, generan la fragancia perfecta para la arcada y la asfixia. Eso si, las ventanillas con el invierno, afectan una extraña dolencia, que las mantiene cerradas y sumidas en un coma irreversible. Y siempre viene a mi la pregunta: ¿la gente no verá algo de agorero en tal acción?, ¿Qué cruenta penitencia podría pender sobre las cabezas de aquellos que osasen abrir una ventanilla y sacrílegamente, permitir el ingreso de ese vital elemento? . De más esta decir, que muchas veces, esto ocurre simplemente porque las susodichas ventanas, no son tales. ¡Sí, son ornamentales!. No existe, por descabellado que parezca, posibilidad alguna de abrirlas o cerrarlas. Son así, como pergeñadas con el único propósito de aminorar la claustrofobia. Y uno soporta, con el brazo dormido y atenazado a algún pasamanos, ese viaje que de tan insoportable, nos genera la falsa expectativa de tener, en cuanto el móvil suplicio termine, una vivencia menos aciaga de la que estamos experimentando. Tenue y fugaz alegría, que se pare como colofón de esas ignominiosas, pero obligatorias, excursiones triviales ¿Qué seria de nosotros sin ese juego de contrastes que nos regalan falsos alivios?.
Ya había pasado Flores, y volvía en mí. Primera Junta se hacia desear, como si fuera Eldorado. Faltaba poco, pero el ejercito de semáforos de Rivadavia, todavía tenia para todos, una función que representar, de manera insoslayable. Y en medio de esa orgía de arranques, primeras y frenos, las preguntas seguían: ¿Será que todos vamos al mismo lugar?, visto y considerando que uno solo ve que los pasajeros suben y suben. ¿Es que acaso alguno puede haberse olvidado del destino que lo aguardaba, azorado por la condena que el viaje le ha impuesto?. Quién sabe.
Y el destino llegó (el mío y el de todos, ¡válgame!), casi de improviso, y entumecido y amodorrado, sentí, al poner los pies en la tierra, esa pequeñísima alegría que supone la liberación de tal tortura. Igual, mañana será así, otra vez.
La vaca de plástico, fue lo único positivo que me quedo de esa hora y pico de desplazamiento cataléptico. La curiosidad de tal espectáculo, me libero por un momento de algunas cavilaciones, agrias, sin más, y me condujo hacia otras, menos personales y mas superficiales. La vaca de plástico y su imaginaria e imposible desdicha, me dio la posta para encontrarme con la vieja, pero patente desdicha que se mastica todos los días, y que ni los libros, los aparatejos musicales ni los celulares pueden combatir. Ardua labor es para el humano, ser de una condición y vivir de otra, entregado a los vicios que la estupidez y la abulia general imponen como marco inexorable de la realidad.
Había algo de ganado en todos cuantos allí nos encontrábamos. Y cierto tufillo a dignidad de plástico.

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