
Bien, he terminado la nota. Y la última palabra que se fugó de mis dedos se incrustó en el texto con un suspiro que mezclaba el alivio y la premura por finiquitar el trabajo que había comenzado. ¿Encontraré alguna vez el motivo por el cuál, cada tanto tiempo, la silla y el ordenador se convierten en una especie de cadalso, que tan solo con su imagen, me quitan el aire y las ansias de escribir?. Así de sencillo es, y todo se halla en la misma raíz de la cual ha salido esta nota: la mente.
Lo cierto es que en esos lamentables episodios, una retahíla de malestares se conflagra en mi cabeza, para liquidar cualquier intento creativo. La fatiga se apodera del cuerpo, y ya la música de las oraciones desaparece; y un plúmbeo desamparo me rodea, y todo cuanto intento transmitir, se vuelve nulo, se atrofia y se desangra de significación. Es más, no me han faltado ocasiones en las cuales, he terminado huyendo de mi labor literaria, aturdido por la falta de coherencia total que exhibía en mi mente, aquello que segundos antes, parecía tan diáfano y concreto. Juro que es un temor inexplicable el que se apersona delante de mí, convidándome con su prodigalidad de angustias, hesitaciones e ilapsos. Esta endémica maldición socava aquellas viejas ganas de decir algo que de común me nacen; ese hobbie chapucero que suele ser el recreo de mis eternas inquietudes; esa voz que se alza sin expectativas ni presunciones, para ofrecer una fugaz primavera a mi atención, y acallar ese ruido sempiterno que se aloja en la conciencia. Pero me trastorna, sin más, sentir que un párrafo que hace un instante parecía un eslabón perfecto dentro del mapa de letras, aparece luego, completamente ajeno, distorsionado; hasta podría agregar que dentro de tal marasmo, se da lugar también la disolución semántica de algunas palabras. Allí están, las veo y las leo; pero parecen no ser ellas, ser vacuas (como lo son, ciertamente), carecer de ese intrínseco sidecar sígnico. Allí están, esqueletos deformes y ligeros, de alguna fantasía insoluble y desconocida. Cuando esto sucede, nada resta más que distanciarse y respirar. Buscar imágenes, hacer foco en alguna otra cuestión o tan solo, echarse en la cama a divisar ese firmamento de mugre que yace en el cielorraso.
Bien, he terminado la nota. Y por suerte en esta ocasión, la ausencia de mis saboteos me permitió concretar alguna sarta de ideas que aparentan tener conexión. Pero por lo general, la complicación no termina allí; porque, no obstante haber sobrevivido a esos impulsos autodestructivos que me acometen sobre la marcha, debe luego enfrentarse a esa inspección final que le propino unos días después. Esa que, de ordinario, termina demoliendo todo el trabajo; mutilando ferozmente mis expectativas de haber logrado alguna cosilla interesante.
No es fácil escribir y quedar satisfecho. Únicamente el encandilamiento de un ego beato puede otorgar la posibilidad de saborear un texto propio, y no llenarlo de improperios por la deforme sustancialidad de su aspecto. Tonterías.
Básicamente, nada podría abandonar el anonimato que inflijo a mis zonceras literarias, de no ser por esa sensación que alla fin fine, tiraniza mi pensamiento. Fagocitada de hastío, de incertidumbres y de un caos sin coordenadas, mi mente capitula y se entrega a la búsqueda de un amor que le permita desentenderse de esa vorágine, sin caer en la simple destrucción y el vacío. Una densa resignación viene, entonces, a sosegar tanta violencia y prejuicio. Con ella, el dolor deviene mansedumbre, y la melancolía se condimenta de paz y se sacude de lógicas y explicaciones. Suele ser en ese puntual momento, en el cual, tomándome por desprevenido y a toda prisa, presiono esa fatal tecla que todo lo vuelve irrevocable; esa tecla pérfida y maliciosa que me inyecta una mixtura de sensaciones entre las cuales bailan el ridículo, el arrepentimiento, y la más franca vergüenza.
Quizás escribir sea fácil; y sea mi musa, desquiciada, la que se regodee alegremente de mi eterno aturdimiento.
Ahora, el texto descansará unos días, para luego releerlo un tanto más lejos del que he sido hoy, y reprocharme los vicios y corregir, en lo posible, los desvaríos más evidentes.
Hasta ese entonces.

2 comentarios:
queridisimo pettgus, me han regalado el libro metamorfosis ,siempre en italiano, y aunque me parece saber que es de su agrado, queria preguntarle su opiñion... desde ya gracias maestro
Estimado Pettgus: leo "ego beato" y "deforme sustancialidad" y me hace recordar algo.....hummmmm..ya sé, ya sé....una frase de un filósofo ecléctico, un pensador de intramuros, el famoso D
.ESTA BIEEEEEENNNN"C.....," Saludos.
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