viernes, 4 de abril de 2008

Pequeños paseos en prosa


Salí a caminar como era mi costumbre, luego de que amainara la vorágine crepuscular que anticipa la orilla de la noche. Sabía que el oxigeno que reclamaba mi cuerpo, siempre embargado por esa asfixia melancólica, no se hallaría en ninguna parte. Pero esto nunca fue óbice para detener mi marcha. Era un absurdo hundirse en el abrazo de una búsqueda imposible; pero ostentaba la misma irracionalidad no hacerlo.
La penumbra mordía las aceras, y ya los rostros de los transeúntes se disolvían en una oscura ensoñación que los volvía antojadizos y amorfos. Guardaba una concreta imposibilidad el reconocimiento de algún rostro en la madurez de ese ocaso. Quizás ese detalle, torpe y baladí, constituyera uno de los encantos que me exhortaban al ejercicio del vagabundeo.
Una tras otras, las cuadras de mi San Justo natal, se presentaban indiferentes ante mi ligera inspección. Solo algunos rasgos arquitectónicos o alguna disposición puntual de la realidad, sobrevivían al inmediato olvido, amparados por un hálito onírico que me resultaba inexplicable; pero que asignaba a la prepotencia de mi mente, y la misteriosa importancia que su extravagancia le asignaba a las cosas. Todo ello, por supuesto, sin consultarme en lo más mínimo, desternillándose de risa y batiendo su marmita en la cocina de mi inconsciente.
La sensación de malgastar el tiempo acudía a mí en algunas esquinas. En otras, saludaba a todas mis excusas, que me recordaban que la acción, aunque diminuta, neutraliza el vértigo de las labores intelectuales. Y así, a medio camino, el paisaje desaparecía, como sucedía en todas las ocasiones, y solo quedaba el soliloquio infernal de todas mis ideas, debatiéndose ridículamente, levantando un polvo conceptual que me sepultaba de confusión. Y nuevamente, todo parecía en vano, y el regreso, tan incierto como la partida, terminaba por ganar terreno. El retorno era siempre, menos sabroso y más inercial; hacinado hasta el fastidio de pesares, dudas y reminiscencias de esa euforia primigenia que me había exhortado al paseo, para luego diluirse entre las calles. La propia noche que nacía, me inoculaba la oscuridad de su sangre, y mi mirada no podía dejar de deambular histérica de un punto al otro, enferma de sombras e invadida por un frenético ardor.
Volví sobre mis pasos, cruzando de vereda para que al menos, si alguna imagen se filtraba, no reavivase las llamas de esas voces que se habían despertado y que acallaba con forzosos bloqueos.
Por esas callecitas, andaba, ya fatigado, como tantos otros que se lanzan a la aventura de intentar perderse de vista. Como tantos locos, imbéciles y poetas, que buscan por las arterias de la ciudad, un sosiego, una llave, un signo que les proporciones una dosis de asombro; una novedad que acrisole y eclipse tanto alboroto, y les permita dedicarse por unos minutos a la dilucidación de una incógnita; al menos, para reencontrarse con la desilusión de encontrar siempre lo mismo, bajo diversas presentaciones.
Es el agrio viento de la derrota el que empuja en esos retornos.
Llegando a mi hogar, divisé el horizonte, sembrado de casas bajas, miedos y rejas. No había podido despistar a mi angustia, y dejarla extraviada en alguna ochava. Me seguía fiel y obstinada; con su rostro etéreo plasmándose en todo cuanto pensara.
Abrí la puerta de la reja, y la herrumbre besó mis manos, como alentándome al idilio. El mismo crúor cobrizo trepaba por ese farol que vomitando su luz, me obsequiaba la imagen de esos ósculos oxidados. Observé su ojo lumínico por unos instantes; podía jurar que el mundo se había detenido, ya que entre el silencio y la quietud, todo parecía articularse en una escena perfecta y siniestra.
¡Oh, querido farol!, esto no es París –le dije-. Y el invernal espíritu de estos días no me ha seducido tanto como para enamorarme de ti, y permanecer hasta mi fin a tu lado, como una mustia imitación de Gerard de Nerval.
Cerré la puerta. El mundo estaba entonces lejano, prisionero de esas rejas y oculto tras una muralla de cerrojos. Pero seguía caminando, en mi mente, puesto que las calles y nuestro errar, parecen desconocer, a veces, la posibilidad de tener un final. Era lógico que en el ponto de mi espíritu, las crispadas olas rompían vesánicas contra si mismas, en una orgía bulliciosa e incesante.
Esa noche, de seguro, moriría, como las anteriores, en un viaje ininterrumpido e inexplicable. Por otras calles, viejas e inventadas, continuaría, perseguidor y perseguido, hasta encontrar el cerroj de los sueños.
Con frecuencia recuerdo a Chesterton. Me agrada evocar las palabras leídas, y rememorar la fruición que sentí al encontrarlas por primera vez. Éste inglés sostenía que el poeta era el eterno disconforme, siempre invadido por penas y contradicciones; al punto de estar malquistado con la paz, aún caminando por las calles del cielo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿como calificar esta nota...?No quedan superlativos....,hay superación....,muy bueno!Adelante!!!!

... dijo...

Desde ya, agradezco todos y cada uno de los comentarios que se han publicado en estas últimas notas.
Desde el elogio al reclamo, pasando por el aporte desinteresado, siempre son un estímulo y un bello descubrimiento.

Gracias anonimo, por su tolerancia a mis tiempos, y por alentar con palabras tan bonitas como quizás, inmerecidas.
Van Exel, ese libro, como ud sabe, es un capolaboro. Nada podria agregarle que lo enaltezca más. Pero aprecio muchisimo que se haya interesado en mi pobre opinion.
Pupila, me alegró mucho leer su comentario, puesto que siempre me alegra sentir que se comprendió aquello que se intentó transmitir.
Cecilia, gracias por el aporte lunar. Todo óbolo es bienvenido.
Sofia, le agradezco el elogio, y me place que mis zonceras literarias sean dignas de tanto aprecio.
Flor de Loto, si bien no me ha comentado, aquello que ha puesto en su espacio ha sido muy generoso conmigo.

Salut señores!

Κλεοπάτρα dijo...

Me dirigí sin esfuerzo a vivir las descripciones.
Un abrazo a tanta excelencia.
(Y otro para vos)