
Huelga decir que uno de los alimentos más codiciados por el alma es la armonía. La disposición graciosa y ordenada de las cosas, no puede más que ofrecer un sosiego divinal a nuestros sentidos. Y en medio del incesante caos de nuestra urbe, un bien como la armonía, adquiere un valor tan estimable como necesario para nuestro sistema nervioso.
Un hábito que antiguamente me resultaba terapéutico, y que en cierto sentido, morigeraba las crispaciones de mi espíritu, era el flâneur. ¡Si señor!, errar por las arterias recónditas de nuestra ciudad, en compañía de borgeanos fantasmas, me concedía la posibilidad de gozar de una móvil soledad, llena de imágenes, olores y sonidos, que alimentaban mis reflexiones, despertaban mis ideas y desempolvaban recuerdos. Memorias quizás, hasta de otras vidas. Sin olvidar, también, que este vagar ensimismado y sin norte, me exoneraba gratamente de encerrarme con mis ideas más atroces, a debatir febril y vanamente sobre todo aquello que no tuviera respuesta y me generase acidez. Pero desde hace un tiempo he notado, que algo estaba cambiando.
¿Buenos Aires ha cambiado, o he cambiado yo?; difícil saberlo. Tal vez, ambos cambiamos y ya no comulgamos como en el pasado. Sus calles, adoquinadas, de tierra o de desconocido hormigón, ya no guardan para mi, el encanto aquel, que le permitía a mis sentidos encontrar alguna armonía en sus formas, y disfrutar indiferente de sus miles de caras, maquilladas de urbanidad y variopinta gestualidad. Ahora, el duende de su paisaje me resulta hostil, y un pequeño numero de sus dependencias topográficas satisface minimamente mi deseo de caminarlas.
¿Qué ha ocurrido entonces?. ¡Quién sabe!. Quizás, solo peco de subjetividad. Pero lo concreto, es que deambular por sus barrios, sean estos paupérrimos o luctuosos, ya no me genera mas que una urticaria, que me exhorta, inmutable, a que huya y no regrese. ¿Es acaso temor?. No, si bien el temor nos conmina al encierro, no es el miedo lo que me espanta de sus calles, sino, la sensación de estar bajo la constante agresión de sus formas. Una inexplicable laceración visual me corroe sin descanso cuando elevo la vista ante su desprolija fachada y su monótona distribución. Esa carencia estética, esa prodigalidad de imperfecciones, y esa ausencia total de una noción de orden, me impiden hasta la mas mínima delectación de su vasto cuerpo, y me alejan, inevitablemente, de la posibilidad de extraer de su contemplación algo que me sepa armonioso.
¿Y por qué esto es así?. Echemos un vistazo a nuestra ciudad, y veremos su pálida y menguante apariencia. Encontraremos allí, su desencajado concierto de ornamentos y putrefactas oquedades; nuevas formaciones orogénicas nacidas de la acumulación de desechos y heces caninas; frenéticos empapelados que responden a la moda política, a los servicios locales y a esa caterva interminable de músicos desconocidos que tocan para nadie por odio al trabajo; carteles, carteles, carteles....publicidades e iconos gastronómicos que nos acicatean el ánimo consumista y las ganas de vivir en el campo; y finalmente, para no extenderme ad infinitum, la construcción edilicia. Esta también, desasosegadora e improvisada, nos afecta al percibirla. Sea la misma, ostentosa y rimbombante, que nos habla desde su pomposidad del embelesamiento por lo superfluo y exagerado; o sea esa construcción pobre, con esa plúmbea tristeza, que expresa la abundancia de la miseria y el descuido que se apodera de todo aquello que cede ante la imposibilidad de prever una mejora.
Así esta la ciudad. Hablándonos en voz alta, con su aliento etílico, hijo de esa caótica ebriedad que muestra apática. Recorrer su lomo pedregoso, ya no me seduce, y mi favor, se vuelve ahora por los parajes bucólicos (del todo inaccesibles), con esa nada habitual, con esa virginidad estoica y su belleza montaraz. Abandono a Borges y a las caminatas sin rumbo por las ruinas urbanas, para congraciarme con Schopenhauer y sus paseos de smoking por los caminos agrestes. Ya no logro concebir aquella vieja paz del flâneur, y ni la nostalgia de aquellas caminatas pueden tan siquiera moverme a buscar una explicación en mi, para tal repentina aversión.
La armonía, esa que tanto necesito, no es fácil de conseguir; y la constante exposición a tan tortuosos panoramas, no puede mas que marchitar nuestro ánimo, y hacerlo beber de su licor de intranquilidades.
No se si Buenos Aires ha cambiado, o si he cambiado yo. Pero la única seguridad que tengo, es que su idiosincrasia, y la traducción que de ésta hace en sus imágenes de ciudad, tan solo me aturde, y me deposita en los márgenes de mi hogar; achicándome la perspectiva y tornando a ese lugar tan querido en un cúmulo de signos inconexos y formaciones tan amenazantes como desconocidas.
Despidiendo a mis derrotados zapatos, concluyo entonces, en reducir mis salidas al exterior, y en permanecer enclaustrado; lejos de tanto ruido, de tanta contaminación visual, y de los invisibles embates de su perturbadora y deforme fisonomía.
Adiós a mi viejo hábito. Adiós a aquella armonía. Me pondré a escribir un blog.
Un hábito que antiguamente me resultaba terapéutico, y que en cierto sentido, morigeraba las crispaciones de mi espíritu, era el flâneur. ¡Si señor!, errar por las arterias recónditas de nuestra ciudad, en compañía de borgeanos fantasmas, me concedía la posibilidad de gozar de una móvil soledad, llena de imágenes, olores y sonidos, que alimentaban mis reflexiones, despertaban mis ideas y desempolvaban recuerdos. Memorias quizás, hasta de otras vidas. Sin olvidar, también, que este vagar ensimismado y sin norte, me exoneraba gratamente de encerrarme con mis ideas más atroces, a debatir febril y vanamente sobre todo aquello que no tuviera respuesta y me generase acidez. Pero desde hace un tiempo he notado, que algo estaba cambiando.
¿Buenos Aires ha cambiado, o he cambiado yo?; difícil saberlo. Tal vez, ambos cambiamos y ya no comulgamos como en el pasado. Sus calles, adoquinadas, de tierra o de desconocido hormigón, ya no guardan para mi, el encanto aquel, que le permitía a mis sentidos encontrar alguna armonía en sus formas, y disfrutar indiferente de sus miles de caras, maquilladas de urbanidad y variopinta gestualidad. Ahora, el duende de su paisaje me resulta hostil, y un pequeño numero de sus dependencias topográficas satisface minimamente mi deseo de caminarlas.
¿Qué ha ocurrido entonces?. ¡Quién sabe!. Quizás, solo peco de subjetividad. Pero lo concreto, es que deambular por sus barrios, sean estos paupérrimos o luctuosos, ya no me genera mas que una urticaria, que me exhorta, inmutable, a que huya y no regrese. ¿Es acaso temor?. No, si bien el temor nos conmina al encierro, no es el miedo lo que me espanta de sus calles, sino, la sensación de estar bajo la constante agresión de sus formas. Una inexplicable laceración visual me corroe sin descanso cuando elevo la vista ante su desprolija fachada y su monótona distribución. Esa carencia estética, esa prodigalidad de imperfecciones, y esa ausencia total de una noción de orden, me impiden hasta la mas mínima delectación de su vasto cuerpo, y me alejan, inevitablemente, de la posibilidad de extraer de su contemplación algo que me sepa armonioso.
¿Y por qué esto es así?. Echemos un vistazo a nuestra ciudad, y veremos su pálida y menguante apariencia. Encontraremos allí, su desencajado concierto de ornamentos y putrefactas oquedades; nuevas formaciones orogénicas nacidas de la acumulación de desechos y heces caninas; frenéticos empapelados que responden a la moda política, a los servicios locales y a esa caterva interminable de músicos desconocidos que tocan para nadie por odio al trabajo; carteles, carteles, carteles....publicidades e iconos gastronómicos que nos acicatean el ánimo consumista y las ganas de vivir en el campo; y finalmente, para no extenderme ad infinitum, la construcción edilicia. Esta también, desasosegadora e improvisada, nos afecta al percibirla. Sea la misma, ostentosa y rimbombante, que nos habla desde su pomposidad del embelesamiento por lo superfluo y exagerado; o sea esa construcción pobre, con esa plúmbea tristeza, que expresa la abundancia de la miseria y el descuido que se apodera de todo aquello que cede ante la imposibilidad de prever una mejora.
Así esta la ciudad. Hablándonos en voz alta, con su aliento etílico, hijo de esa caótica ebriedad que muestra apática. Recorrer su lomo pedregoso, ya no me seduce, y mi favor, se vuelve ahora por los parajes bucólicos (del todo inaccesibles), con esa nada habitual, con esa virginidad estoica y su belleza montaraz. Abandono a Borges y a las caminatas sin rumbo por las ruinas urbanas, para congraciarme con Schopenhauer y sus paseos de smoking por los caminos agrestes. Ya no logro concebir aquella vieja paz del flâneur, y ni la nostalgia de aquellas caminatas pueden tan siquiera moverme a buscar una explicación en mi, para tal repentina aversión.
La armonía, esa que tanto necesito, no es fácil de conseguir; y la constante exposición a tan tortuosos panoramas, no puede mas que marchitar nuestro ánimo, y hacerlo beber de su licor de intranquilidades.
No se si Buenos Aires ha cambiado, o si he cambiado yo. Pero la única seguridad que tengo, es que su idiosincrasia, y la traducción que de ésta hace en sus imágenes de ciudad, tan solo me aturde, y me deposita en los márgenes de mi hogar; achicándome la perspectiva y tornando a ese lugar tan querido en un cúmulo de signos inconexos y formaciones tan amenazantes como desconocidas.
Despidiendo a mis derrotados zapatos, concluyo entonces, en reducir mis salidas al exterior, y en permanecer enclaustrado; lejos de tanto ruido, de tanta contaminación visual, y de los invisibles embates de su perturbadora y deforme fisonomía.
Adiós a mi viejo hábito. Adiós a aquella armonía. Me pondré a escribir un blog.

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