viernes, 29 de junio de 2007

Cuando la mañana ataca



Ya los gallos desafiaban al alba con sus gritos, cuando lentamente, caí en la cuenta de que la vigilia me había poseído. Arramblando los vapores del sueño y la antesala crepuscular de la “fiaca”, la realidad se plantó ante mi. A veces, debo decirlo, despertar me suscita una dosis de decepción, que modifica mi ánimo, y le inocula un gélido pesimismo que no puede más que anquilosar mi voluntad.
El primer pensamiento que acaece en esas particulares mañanas es: aún estoy vivo. Si, aunque suene exageradamente depresivo, muchos sufrimos esa desazón al comprobar que lo que tuvimos por vida hasta la noche anterior, no fue un sueño denso y macabro, sino nuestra verdadera vida.
Algunos por allí dirán, ¿Pero por que ver todo tan lúgubre?. Bien, es una cuestión que atañe a las personalidades. La melancolía es congénita, y para una parte de la población, el mapa de la satisfacción esta incompleto, con trazos ausentes, manchas de café, y cuantiosas quemaduras de cigarrillo.
El amanecer en el conurbano de Buenos Aires tiene una mixtura colorida y abigarrada. Uno nace al día acompañado de estridentes bocinas, barítonos vendedores, insultos anónimos y gallos. Con esa masa de improvisado barullo, se levanta uno, debatiéndose entre la euforia y la languidez. Allá afuera esta el mundo y sus tropelías; y aquí adentro estoy yo, despierto...y vivo.
No teniendo un rol definido en la sociedad, la jornada se presentaba como una tavola rasa que se escruta con intensa aprensión. ¿Qué hacer?; ¿Salir a la calle a buscar trabajo?, ¿concentrarme en la concepción de un proyecto que me haga rico?, ¿Tomar unos mates?, ¿Escribir alguna nota?.
Y luego, pensar qué cosa me quedaría para el resto del día.
Ésta era una de esas mañanas; ligero trozo del tiempo en el cual, sufriendo la ausencia de una investidura establecida, mis sentidos se encontraban en empalagosa danza con algunos conceptos de corte existencialista. ¡Sí señores!. Hay mañanas en las que nos sentimos desencajados; en las que nuestra relación con lo real, se ve notablemente irritada y esa capa simbólica que todo lo cubre, nos parece de una manufactura falaz, y una desvencijada salud. Es en mañanas como tales, en las que percibimos a nuestra conciencia con tal claridad, que nos aturde y amedrenta. En dichas ocasiones, creo reconocer de que hablaban los Erdosain, los Mersault, los Roquentin.... los Raskolnicov.
Los gallos cantaron. La habitación, con sus colores y líneas, jugaba a poseer nuevas dimensiones. Los oblicuos rayos del sol, dejaban huellas ambarinas en todas las superficies, haciéndolas bellas (¿Por qué esa concepción?) y desconocidas. Y yo estaba allí, para desagrado de aquel puntual estado anímico, atravesando la mañana...y aún vivo.

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