
Fue esa la pregunta que se apersono en mi mente ni bien me desperté. ¿Para qué escribir?; ¿Con qué sentido hacerlo?
El amanecer, que tiene siempre ese don de ser inoportuno, hizo que el cuarto se llenara de luz sin aviso previo, y mi mente, a su compás, se abarrotó como es su costumbre, de pensamientos residuales, ripio oníricos y dolencias redivivas.
¿Para qué escribir?, me dije. No hay respuesta, como siempre, más allá de aquello que uno mismo, caprichosamente, pueda pensar sobre la cuestión.
La culpa, sin dudas, debe ser de la abundancia de ideas sin resolución; quizás, del exceso de tiempo libre al que nos exponen los mandobles de la precariedad laboral; puede que sea, asimismo, el simple ascendiente del aburrimiento, con esa sutil prepotencia, capaz de corroer toda materia.
Tempranamente, asumí que ese circunloquio no me ofrecería ningún esclarecimiento, y por ende, antes de comenzar a mesarme la barba, di por descontado que no hallaría una respuesta patente a tal inquisición. Jamás me quedaría claro el por qué de tal incursión, y por ello, qué mejor, que escrudiñar la cuestión con generosa pereza y prevenido conocimiento de un pobre resultado.
¿Para que escribir?. Ya a las claras, la frase me sirvió para hacer el leitmotiv de esta nota; pero las causas por las cuales debía entregarme a la escritura, quedaban aun por verse. Tal vez, pensé luego, sea por la perniciosa influencia de algunos seres que tengo el privilegio y el encanto de conocer; seres éstos, que invadidos por tribulaciones mundanas, se vieron obligados a poblar sus soledades con oasis virtuales; reduciendo sus contactos con la vida real, y tapiando puertas y ventanas con maderas y clavos. Personajes como la adorable Nocturna, con quien compartí veladas inolvidables; joviales picarones como el zorro de Blacaman; ilustres bloguers como el viejo Mono Sapiens y la Fulana; todos ellos, con ese dimanar frenético de palabras y esa tímida complicidad que siempre afectan aquellos que sufren la soledad, me introdujeron en el vesánico mundo de la escritura en la red. Dimensión a la que me acostumbraron, plena de desparpajo conceptual, de graciosa extravagancia, y gratificación imaginaria. ¡Si, lectores!, se atisba a través de las palabras, la impronta de la soledad. Muchos de estos escritores ocasionales transitan ese recorrido buscando un “alguien” que los comprenda; que los estime por sus ideas; que les regale una pizca de admiración. Sin caer en una exageración, “alguien” que de alguna forma los quiera. La ausencia de afectos, en la gran mayoría de los casos, (¡qué perogrullada...!) se debe mas a la pobreza de la oferta, que a la mezquindad de la demanda.
¡Sí señores!, presiento que parte de esta rutina de la escritura a la nada, se adopta por esa acumulación desmesurada de soledad. Porque si bien, ésta se puede disfrutar, nos dispara sus invisibles y deletéreos dardos, y nos mueve a generarnos divertimentos para justificar nuestras misérrimas existencias.
Pero, ¡válgame!, hay un punto que no puede ser obviado - me dije a medio vestir- en este pobrísimo análisis, y es el mismísimo centro de nuestra esencia: nuestro “yo”. Convengamos que en cierto sentido, a nadie le importa demasiado lo que digamos. Pero, como buenos humanos que somos, tenemos un ego que alimentar y vestir; y aunque no queramos verlo, mas allá de que alberguemos sentimientos que nos transformen en seres asociables, desinteresados e impermeables, las ansias de fama y trascendencia las poseemos congénitamente. ¡Es así!. Por más superación que se demuestre, y por más batallas que pueda haberse librado contra la vanidad. No ha existido pensador, escritor o filósofo alguno que no haya sentido ese prurito por dejar huella de sus ideas y sus experiencias, para más no sea, encontrar alguna forma de invertir el tiempo mientras espera su tan ansiada paz de ultratumba. Porque el tedio, ese viejo amigo de nuestras horas perdidas, nos exhorta todo el tiempo con su presencia a buscar la manera de evadirlo; de ponerle orlas a nuestra plomiza rutina; de condimentar con guirnaldas multicolores a nuestras lúgubres vivencias, con tal de que nos resulten menos insoportables. ¡Sí señor, ni el filósofo más recalcitrante en ese punto pudo sucumbir a la tentación de regalar a la posteridad sus heces conceptuales. ¡Si!, ¡ni Sócrates pudo!, porque, no obstante no haber dejado registros de sus enseñanzas, sabía (si es que en realidad era tan inteligente..) que Platón tomaba nota hasta de sus bostezos.
En fin -pensé ya definitivamente despierto-, poco importa el por qué de esta nueva manía. ¿Para qué escribir?. Bien, la mejor respuesta, es aquella que no osa adentrarse excesivamente en la materia, y que sin embargo, prudente, la analiza con la distancia necesaria para el buen pensar desapasionado. Esa respuesta, es la que tantas veces se ha oído de boca de sabios, locos e incompetentes. Esa respuesta que vino a mi, con más ansias de terminar la perorata que de esclarecer el punto, fue aquella que versa de la siguiente manera: “Vaya uno a saber”.
El amanecer, que tiene siempre ese don de ser inoportuno, hizo que el cuarto se llenara de luz sin aviso previo, y mi mente, a su compás, se abarrotó como es su costumbre, de pensamientos residuales, ripio oníricos y dolencias redivivas.
¿Para qué escribir?, me dije. No hay respuesta, como siempre, más allá de aquello que uno mismo, caprichosamente, pueda pensar sobre la cuestión.
La culpa, sin dudas, debe ser de la abundancia de ideas sin resolución; quizás, del exceso de tiempo libre al que nos exponen los mandobles de la precariedad laboral; puede que sea, asimismo, el simple ascendiente del aburrimiento, con esa sutil prepotencia, capaz de corroer toda materia.
Tempranamente, asumí que ese circunloquio no me ofrecería ningún esclarecimiento, y por ende, antes de comenzar a mesarme la barba, di por descontado que no hallaría una respuesta patente a tal inquisición. Jamás me quedaría claro el por qué de tal incursión, y por ello, qué mejor, que escrudiñar la cuestión con generosa pereza y prevenido conocimiento de un pobre resultado.
¿Para que escribir?. Ya a las claras, la frase me sirvió para hacer el leitmotiv de esta nota; pero las causas por las cuales debía entregarme a la escritura, quedaban aun por verse. Tal vez, pensé luego, sea por la perniciosa influencia de algunos seres que tengo el privilegio y el encanto de conocer; seres éstos, que invadidos por tribulaciones mundanas, se vieron obligados a poblar sus soledades con oasis virtuales; reduciendo sus contactos con la vida real, y tapiando puertas y ventanas con maderas y clavos. Personajes como la adorable Nocturna, con quien compartí veladas inolvidables; joviales picarones como el zorro de Blacaman; ilustres bloguers como el viejo Mono Sapiens y la Fulana; todos ellos, con ese dimanar frenético de palabras y esa tímida complicidad que siempre afectan aquellos que sufren la soledad, me introdujeron en el vesánico mundo de la escritura en la red. Dimensión a la que me acostumbraron, plena de desparpajo conceptual, de graciosa extravagancia, y gratificación imaginaria. ¡Si, lectores!, se atisba a través de las palabras, la impronta de la soledad. Muchos de estos escritores ocasionales transitan ese recorrido buscando un “alguien” que los comprenda; que los estime por sus ideas; que les regale una pizca de admiración. Sin caer en una exageración, “alguien” que de alguna forma los quiera. La ausencia de afectos, en la gran mayoría de los casos, (¡qué perogrullada...!) se debe mas a la pobreza de la oferta, que a la mezquindad de la demanda.
¡Sí señores!, presiento que parte de esta rutina de la escritura a la nada, se adopta por esa acumulación desmesurada de soledad. Porque si bien, ésta se puede disfrutar, nos dispara sus invisibles y deletéreos dardos, y nos mueve a generarnos divertimentos para justificar nuestras misérrimas existencias.
Pero, ¡válgame!, hay un punto que no puede ser obviado - me dije a medio vestir- en este pobrísimo análisis, y es el mismísimo centro de nuestra esencia: nuestro “yo”. Convengamos que en cierto sentido, a nadie le importa demasiado lo que digamos. Pero, como buenos humanos que somos, tenemos un ego que alimentar y vestir; y aunque no queramos verlo, mas allá de que alberguemos sentimientos que nos transformen en seres asociables, desinteresados e impermeables, las ansias de fama y trascendencia las poseemos congénitamente. ¡Es así!. Por más superación que se demuestre, y por más batallas que pueda haberse librado contra la vanidad. No ha existido pensador, escritor o filósofo alguno que no haya sentido ese prurito por dejar huella de sus ideas y sus experiencias, para más no sea, encontrar alguna forma de invertir el tiempo mientras espera su tan ansiada paz de ultratumba. Porque el tedio, ese viejo amigo de nuestras horas perdidas, nos exhorta todo el tiempo con su presencia a buscar la manera de evadirlo; de ponerle orlas a nuestra plomiza rutina; de condimentar con guirnaldas multicolores a nuestras lúgubres vivencias, con tal de que nos resulten menos insoportables. ¡Sí señor, ni el filósofo más recalcitrante en ese punto pudo sucumbir a la tentación de regalar a la posteridad sus heces conceptuales. ¡Si!, ¡ni Sócrates pudo!, porque, no obstante no haber dejado registros de sus enseñanzas, sabía (si es que en realidad era tan inteligente..) que Platón tomaba nota hasta de sus bostezos.
En fin -pensé ya definitivamente despierto-, poco importa el por qué de esta nueva manía. ¿Para qué escribir?. Bien, la mejor respuesta, es aquella que no osa adentrarse excesivamente en la materia, y que sin embargo, prudente, la analiza con la distancia necesaria para el buen pensar desapasionado. Esa respuesta, es la que tantas veces se ha oído de boca de sabios, locos e incompetentes. Esa respuesta que vino a mi, con más ansias de terminar la perorata que de esclarecer el punto, fue aquella que versa de la siguiente manera: “Vaya uno a saber”.

1 comentario:
Bienvenido!!! Cuánta disquisición sobre el por qué de tu escritura...!!!
Por ahí navegando encontré que algunos escriben para sanar, otros para vivir, otros para la web y quien te escribe, si no se esmera, para el tujes!
Vos escribí por el fin primordial y directamente proporcional de la escritura: su lectura!!!
Todo texto debe ser leído acá y en la China, Petggus. Y ese "Vaya uno a saber" me temo que se las trae. O así lo espero.
En fin amigo mío, agradecerte la emoción de tus palabras.
Y preguntarte, spleen de Buenos Aires, ¿es un tango?
:P
Salud!
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