viernes, 29 de junio de 2007

Una desesperación de tantas..




Y cuando uno menos se lo espera, en una espera, ese mustio relámpago nos enciende las neuronas. Pasto para la ansiedad y veneno para la calma, la desesperación gratuita se congracia con nuestra atención, y de allí en más, por un periodo de tiempo, nos ensañamos con lo inexplicable.
Aguardando a un amigo en el bar Tokio, y paladeando mentalmente ese cortado que nunca llegaba, me vi sorprendido por esa nunca bien ponderada desesperación.
¿Por qué has venido a mi?, me dije. Quizás, estaba ya cansado de pensar en nimiedades concretas, que me debía ahora, una martirizante entrevista con esa enormidad imaginaria.
Sí, durante las esperas, nuestra mente revienta de ideas absurdas, recuerdos accidentales y todo aquello que pueda nacer de las asociaciones que el panorama nos ofrece. Sin olvidar, todas las digresiones y sub-asociaciones que cada ítem nos pueda exigir.
¡Sí señores!, cansado ya de encontrar parecidos entre los parroquianos y personajes de televisión; fatigado por el infaltable origami con las servilletas; exhausto de mirar maquinalmente el reloj, me encontré cara a cara con ese mal tan entrañable. Debía desesperar.
Pero, ¿Cómo es esa desesperación?. No es fácil de explicar. En primer lugar, se debe olvidar a Kierkegaard. La cuestión es subjetiva, y no contempla la búsqueda de la esencia de nada. La desesperación que me acomete, es una estampida de hesitaciones que me invitan a la total perplejidad y que me sumen en una atroz vacilación sobre lo que soy, y lo que debería ser. Es un grito sin voz precisa, un remanente arcaico que se plasma en la orbita de mis pensamientos. Y las esperas, sean estas, colas en los bancos, citas en bares, paradas de colectivos, etc. son las ocasiones que aprovecha esta indeseable sensación para frecuentarme. Aquello que se experimenta es sumamente extraño. En primera instancia, se acuerda que uno no esta en donde debería, y que esta perdiendo el tiempo en algo que lo esta alejando de su impostergable camino. Aquí, lo que uno encuentra, es que no sabe cuál es ese lugar en donde “debería” estar. Pero la sensación es tan fuerte, que esa emoción nos embarga, y su angustia florece como si existiera una tangible certeza. Allí se comienza a desesperar; pero luego sigue. Se adiciona entonces, la idea de que no se conoce ese lugar predestinado, y surge entonces otro interrogante, hijo de esa hipotética sensación primigenia, ¿Cómo hacer para descubrir en donde se ubica ese lugar, en donde nuestro verdadero ser nos espera?. Allí, los sesos se exprimen, pero no hay forma de esclarecer nada. Se permanece entonces, absorbido por esa tarea de profanar los intestinos de esa desesperación, y revelar su invisible origen. Pero solo se obtiene más nada. Finalmente, abatido por los dos primeros puntos, uno sucumbe irremediablemente ante esa apócrifa dupla, y cede entonces ante pensamientos estrafalarios que coronan la desesperación. A saber: ¿y cuánto tiempo habré perdido estando donde no debería, malogrando tiempo irrecuperable de mi vida?; ¿Cuántas cosas habré perdido por no haber caído en mientes de la existencia de ese punto ignoto que por mi espera?; ¿Cuánto tiempo aún me queda por perder, siendo que aún no se por donde buscar, ni que cosas alterar en el orden de mi vida para facilitar el acceso a tan ansiado puesto?; y, lo que es peor, ¿Llegaré alguna vez a ese lugar, o deberé vivir hasta el final esta vida aviesa, que no me corresponde, llena de sucesos ajenos a mi naturaleza, y todo por ignorar torpemente la senda de oro que debería conducirme a mi mismo?.
Por suerte, tamaños ataques perecen ante la oportuna intervención de algún ser animado que rompe la concatenación de tan pintorescos conceptos.
El mozo apoyó la taza de café sobre la meza, y me abdujo de mis meditaciones. Fue una de las pocas ocasiones en las que un mozo me pareció humano. No sé si estaba en el lugar en el que debería. Supongo que la frustración y la ansiedad nos impele a cambiar y transformarnos. Y los caminos y métodos que puedan utilizar para movernos a ello, puede que sean tan misteriosos como los de Dios. (¿Dios?).
Sí, en ocasiones, cuando no se esta cómodo en la vida, se desespera, se delira y se atormenta.

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