Si bien debemos aceptar como una verdad incuestionable que ese invento que llamamos semana tiene siete días, haré una salvedad que de seguro, más de uno tomara como propia. ¡Señores!, el tiempo esta hecho de tiempo, de relojes, de almanaques, despertadores y alarmas. Pero el tiempo, desde cada punto de vista en particular, no tiene el mismo significado, y se ve afectado por variables anímicas. Nada nuevo. A mi parecer, y con todo capricho y humildad, la semana tiene tan solo seis días y medio. ¿Cómo es esto?. Fácil y arbitrario. La segunda mitad del domingo es un stand by asfixiante, un tiempo de descuento de esa primera mitad; el luctuoso e inevitable vestíbulo del lunes.¡Tal como suena!. En esa porción de doce horas que le restan al domingo, uno no puede hacer absolutamente nada provechoso y difícilmente pueda encontrarse una actividad gratificante que ayude a soslayar esa inutilidad esencial que posee. Sencillamente, es un tiempo perdido. Y esto es así porque los efluvios mentales de aquello que nos depara la semana, ya están haciendo estragos en nuestras débiles mentes. La preocupación por lo que sucederá, por un lado, y la melancolía infinita de ver como nuestro tiempo libre agoniza, por otro, hacen que se banalice la materia con la cual están hechas esas horas. Como resultado de dicha perturbación, el contenido temporal deviene insustancial, y por ende, con la resignación de aquello que no tiene remedio (...y no vale la pena), deviene un trance baladí.
Un sopor incontrolable nos domina en esa segunda mitad del domingo.
Y por más que nos afanemos en visitar amigos, leer diarios, escuchar partidos de fútbol y demás, so color de engañar al aburrimiento fatal típico de ese periodo, la cartas están ya jugadas en nuestras conciencias, y la noción de que todo es en vano, destruye toda iniciativa.
¿Y qué decir si uno tiene la inusual suerte de estar pasando un buen momento sobre esa superficie de tiempo?. Allí es quizás donde más se siente su carácter estéril y la inseparable vacuidad de ese tiempo suplementario del domingo. Creanme, porque tiene tal fuerza esa inercial nada, que no nos permite concentrarnos en la satisfacción; no nos deja imprimir en ese plazo, la huella de un bello recuerdo, sino que la rechaza, y queda entonces impreso como un buen recuerdo, pero que habría sido maravilloso si se hubiese hallado en alguna otra dependencia de la anatomía temporal.
Nada que hacer. En ese otro hemisferio del domingo, todo se torna fútil y carente de sentido. Las sensaciones decaen en su intensidad sumidas en una inexplicable resignación, y las horas pasan lentamente, pero sin permitirnos delectación alguna. Todo vuelve al principio antes de comenzar.
¿Será que esos conceptos ordenadores de la realidad que nos inventamos, cíclicos y rutinarios, nos generan la idea de que siempre volvemos a empezar la misma semana?; ¿Es posible que ese invisible girar constante, nos impida pensar en nuestra vida como una recta siempre renovada, en pos de afianzarnos en la idea de girar como una hámster en su ruedita, repitiendo constantemente las mismas acciones, palabras, movimientos y errores?; ¿Será este lunes el mismo que el anterior y que el pasado?.
Todo esa argamasa de conceptos nos apabullan en ese medio día inexistente. Sin ir mas lejos, he tenido que esperar a que sea lunes para podes escribir este torpe comentario. Resurgiendo tibiamente como todos los lunes, luego de haber perecido de manera transitoria en la mitad del domingo anterior.

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