
Retornaba envuelto en ese silencio tan particular que hospeda mil reflexiones. Sucede que cuando coexistimos con algunos seres, vamos dejando cabos que atar para nuestro inminente alejamiento. Una suerte de tarea para la soledad. Y al despedirnos, esas “anotaciones” saltan impulsadas por resortes invisibles, pero basadas en cálculos precisos que ya no recordamos, pero que fueron pensados antaño. Y estas estructuras, funcionan ya, fuera del alcance de nuestras conciencias.
El 113 transitaba cansino por avenida Rivadavia. Los comercios, sumidos en la oscuridad, mostraban su rostro sin vida, con esa paz mortal que infunde una cuota de terror y melancolía. Los maniquíes, con sus pálidas caras, posaban bajo el resplandor de una débil luz, acechando a los transeúntes con sus plásticas presencias, y la tenebrosa magia que poseen por ese deliberado antropomorfismo.
El periplo del colectivo, asaltado por baches, paradas y semáforos, comenzaba a tornarse insoportable, y mi mente jugaba con su ansiedad, a anticipar los lugares que aún debía recorrer.
Por la ventana, inmersos en el paisaje de Flores, algunas criaturas merodeaban insomnes. Algunos iban a gozar la noche en los antros que la sociedad les habilita; otros, iban a sufrirla, en los mismo, u otro antros. Unos con el bolso a cuestas, rumbo al trabajo, contrastaban con los adolescentes y sus banales afectaciones, disfrazados para la ocasión, con la rebeldía a cuestas y la estupidez como estandarte.
Por la calle, un niño con un carro, juntaba cartones y botellas, y paraba en cada esquina, para profanar la basura que de casualidad, se encontraba en alguna bolsa. Porque a esa hora, los desperdicios, son mas bien patrimonio de toda la calle. Léase poéticamente, una caspa porteña.
Lentamente arrastraba ese cachivache móvil, con una voluntad tal, que no comprendía de donde podía sacar. Los ojos del pequeño no daban con las miradas de los demás. Algo de añeja vergüenza se afianza y sedimenta, tomando un matiz de profunda indiferencia, que aún así, siempre ha de doler, pero que al menos se logra reducir. Su apariencia, derrotada y harapienta, ya no le ocasionaba tanto escozor, y debido a esas ignotas maniobras del pensamiento, quizás hasta se pavonase de ser quien era y se enorgulleciese de su digna miseria. Fanatismos sosegadores sobran en la pobreza, amparados muchas veces, por conceptos irresueltos y resentimientos convincentes.
Avanzando por Rivadavia, el rostro del niño se reverberaba con las luces de los restaurantes, que extasiados de clientes, demostraba otra de esas incongruencias inescrutables de nuestra sociedad. Unos jamones, ahorcados en la vidriera, oficiaban de cortinas, atrayendo con esa seducción culinaria, todas las miradas y deseos. Entre ellos, los ojos del carrero. ¿Cómo vería ese mundo tan diferente, de desconocida molicie?; ¿Con ansias de pertenencia, con interés científico, o simplemente con odio?. No lo sé. Solo pude divisar sus pupilas, apocadas y desdeñosas, huyendo de esa imagen y posicionándose nuevamente sobre la calzada y sus frutos.
El 113 tomo velocidad finalmente, aprovechando las oquedades nocturnas que le quitan poder a las luces rojas. Atrás quedó el niño y su caterva de residuos y penas. Su imagen se quedo en mi mente, para agregar alguna otra historia a tanta vorágine ya existente. Su desventura se me antojaba una aberración. Su infancia deshecha, solo le depararía una adultez anticipada, llena de errores y cartones. ¿Cómo serian sus sueños?, me preguntaba; ¿Qué gritos le exigiría tanta impotencia y desamparo?.
Al doblar en una callecita, el colectivo superó a Floresta. Rivadavia, en mi memoria, seguía funcionando, con mil títeres que pululaban buscando un divertimento, un mango o una muerte. Una larga noche le esperaba aún al chico del carro. Porque Rivadavia es larga, como la esperanza. Y sin ella, quizás infinita.

2 comentarios:
Un sentido relato sobre la inocencia del héroe niño que lucha lejos de los banquetes
Gracias por visitar a Tito, la Caricatura Existencialista!
Ojalá pueda ver un cambio positivo en nuestra sociedad, quiero llegar a viejo y no ver más gente sin proyectos personales, robados por la corrupción institucional. Que podemos pedirles a estos chicos cuando sean grandes, que no roben, que no maten. Con que cara se lo decimos, si nunca conocieron los pequeños placeres de estar vivo, de disfrutar de un sofa mirando la tv, de comer un buen asado, de tomar un vaso de coca-cola, lo más importante a mi criterio de disfrutar de un buen momento familiar, etc. Los que se nos pueda ocurrir.
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