
Parece una futileza, pero la cosa luego va tomando un cariz profundo.
Sí, pasamos delante del kiosco y no sabemos aún por qué extraña inercia, no nos detuvimos para ingresar en él. Muchas ideas pueden ser las culpables de esa desafortunada elección. Pensamos que mejor en el próximo negocio; que éste mucha pinta de confiable no tenía; Que seguro el otro, esta abierto hasta tarde, con esas seguridades que nos inventamos de manera imbécil. Y vamos pasando, y lo vemos, y nos alejamos, y no tenemos la menor duda de que nos estamos equivocando. Y parece no haber respuesta de nuestros sentidos, invadidos por una sorpresiva timidez, que nos congela hasta la más mínima reacción. Y no es que no nos haya pasado ya. De hecho, son numerosas las oportunidades en las cuales esto mismo nos acaeció. Pero pasamos, seguimos de largo. Hay algo inexplicable. Y no compramos esos benditos cigarrillos.
La noche aparece, con su inevitable dosis de ocio. Y ya quedan pocos cigarrillos en el paquete. Y el kiosco que tenía que estar abierto (y que sabíamos que no iba a estar abierto), lógicamente, ha puesto fin a su existencia diaria, con el descenso de una cortina metálica, decorada industriosamente con graffitis. No nos mintamos, que ese asombro y su consecuente retahíla de improperios, es una teatralización absurda. Por qué motivos no hacemos lo que debemos cuando debemos, es un enigma inescrutable del ser humano. Y el ser humano sin cigarrillos en la noche, es un ser humano trastornado. Y no solo por la carencia nicotínica, sino también por el remordimiento de su estúpido accionar. ¿Cuántos kioscos desfilaron delante suyo ese día?. Muchos. Buenos Aires es una ciudad de kioscos, separados por tan solo unas cuantas casas, calles, bancos, y un que otro puente.
Y entonces, deviene la exhaustiva pesquisa. Donde hay un bolsillo, hay una esperanza. Camperas, sobretodos, pantalones, bolsos, etc. También se registran los huecos en donde, comúnmente, depositamos alguna cajilla. Placares, modulares, mesas ratonas, costados del televisor, mesadas...y sigue la cuenta. Pero no se puede vencer, por más que queramos, a esa completa certidumbre que poseen los fumadores. ¡No hay!. Un fumador lleva un concienzudo y hasta inconsciente detalle del material de su vicio. Por más razia que ejecute, por más lupa que levante, la respuesta es tan obvia que lo desespera aún más. No hay materializaciones a lo Sai Baba, ni oportunos vendedores ambulantes, ni pases mágicos; si hay, kioscos abiertos, en la lejanía y el peligro; Drugstores que ponen a prueba nuestra osadía, y la resistencia de nuestras tentaciones frente a la pereza y el desgano. Allí solo restan pocas opciones. La aventura, o el reproche, la abstinencia, e ir a dormir temprano. La noche se irá sin cigarrillos. Con una lección que nunca se aprenderá, y la ansiedad como cucarda de una exposición siempre renovada. Y la mañana nos encontrará corriendo al primer sitio de expedición, suspendiendo todo prejuicio y torpeza. Al menos, hasta la siguiente noche....

2 comentarios:
jaja! muy bueno! (no sé cómo llegué hasta aquí) no me canso de halagar (a los dueños de) los textos que saben usar el sarcasmo.
Salut, Gala!
Se agradecen sus palabras para con este blog; asi también como su presencia y el cartél de Neón en "Delirios de una escriba".
(Ilustre visita, le soy sincero, yo tampoco se cómo llegué hasta aquí)
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