sábado, 28 de julio de 2007

Típicos finales de típicas discusiones


Me dijo que vaya a ver a un psicólogo. ¡Sí!, así nomás, me espetó ese manido dardo gramatical. Sucede que cuando las discusiones se muestran intrincadas y alguno de los contendientes se cansa de ergotizar, se toma el atajo de la embestida personal. No hay debate que no se torne bizantino, y desemboque en la fácil, pero sumamente eficaz, agresión directa hacia la persona. En ese punto en el cual los silogismos se deforman y mutilan, tal cuadros de Otto Dix, el insulto y el ataque íntimo funcionan como cortinas de humo para la huida subrepticia de aquél que ya no vislumbra éxitos en el horizonte de su exposición.
¿Y para que voy a ver a un psicólogo?. Es innegable la ayuda que estos artesanos de la psique pueden ofrecer a muchas mentes aturdidas desde su trono terapéutico. Pero, ¿Para que me podría servir uno a mi?, ¿Hallaré un Gotama, un Zaratustra, un Plutarco o un Confucio que me dé algún consejo profundo, que modifique el rumbo de mi vida?; ¿Podré hallarlo entre estos seres que mamaron de una educación mediocre y paradigmática, y que con su título a cuestas, miran al mundo desde su fatuo mangrullo de libros, como si pudiesen comprender algo sobre el ser humano que lo pudiera hacer mejor?. Sí, alguno de ellos merecerá mi respeto, pero de seguro no podría pagarlo. Prefiero a los sabios. Y aún así, ¿para qué quiero un consejo que cambie mi vida?.
“Hay algo en vos que no está bien”, me dijo. Y yo tan solo pude leer en sus palabras el agotamiento de sus diatribas, y la exigüidad de sus ideas para continuar con la disertación. Visto y considerando la derrota en el plano de la esgrima conceptual, decidió golpear el centro productor de mis razonamientos: mi juicio. ¿Por qué no agachar la cerviz, y aceptar el mal trago de capitular de vez en cuando?. ¿Por qué optar por el ridículo de un desplazamiento ad hominem, siendo que cuando uno es ducho, la estrategia salta a la vista?
“Mirá, yo que vos, lo pensaría”, fue lo último que mencionó. Su táctica de aburrimiento hipnótico ya había hecho mella en mi mente, y el sopor que me había inyectado con su perorata me había dejado herido. Ya no soportaba sus palabras, y mucho menos su aliento.
“Tenés razón”, admití. Cada mente vela por su salud a su manera. La necesidad de ponerle un coto a tanta pavada me hizo anhelar tanto la soledad, que poco me importó que se fuese con la idea de haberme inseminado con sus pensamientos. Qué saludable es saber descifrar cuando las cosas tienen valor, y cómo morigerar a nuestro orgullo para detenernos ante lo inútil, y aprovechar mejor las horas.
Las victorias pírricas no son lo mío.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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