martes, 3 de julio de 2007

Bares: los mozos...



Sobre la pringosa mesa del bar descansaba el tazón de un cortado ya difunto. Esta enorme taza, rajada y con una baba de café que se colaba por ese ínfimo pero alargado intersticio, esperaba amodorrada la llegada de esa mano que la retirase. En realidad, y debido al grado de untuosidad de la mesa, esperaba que la despegasen. Y así sucedió.
El Kentucky es un bar típico de nuestra ciudad. Tiene como todos los de su clase un amoblamiento ordinario, cuadros de fútbol, televisores mal dispuestos, y como no podía ser de otra manera, mozos ciclotímicos.
Si, los mozos son una entidad en nuestra ciudad. Aptos, sin objeción, para un análisis profundo y minucioso sobre sus conductas. Sucede que los mozos, tienen toda una vida detrás de su oficio; pero este punto, que es sumamente importante, es por completo irrelevante a los fines de esta nota. Esta de más decir, que la vida de un ser humano cambia cuando viste el hábito de mozo. ¡Si señores, de no creer!; pero es así. Transportados por la envestidura, estos seres adoptan comportamientos de lo más diversos; llegando en ocasiones a sufrir súbitos cambios en sus ánimos, capaces de sorprender al más avispado. Así, en el lapso de algunas horas, un mozo puede conjugar dentro de si una surtida gama de humores. Del odio gratuito a la caballerosidad faldera, pasando por la indiferencia total y el ridículo irreversible, los mozos afectan transformaciones anímicas que los hacen uno de los seres mas inestables de nuestra fauna urbana. Y aquellos que trabajan en el Kentucky, no son la excepción.
El mozo alzó la taza con circunspecto ademán, y se retiró velozmente, eludiendo toda posible petición. Otro de sus pares, que estaba allí deambulando, lanzó un cenicero a una de las mesas, como quien lanza una moneda jugando al sapo. Los parroquiano presentes, no pudieron más que sorprenderse por tan rústica delicadeza, no sin admirar al mismo tiempo, la precisión de tan extravagante maniobra.
Insisto lectores, los mozos son personajes exóticos y chúcaros, que por momentos se topan con algún claro de simpatía, para retornar luego, sorpresivamente, al viejo rictus de póquer. El por qué de tal conducta, no puede ser comprendido por los que observan su tarea cotidiana en forma analítica. La mente de estos individuos, trabaja con una álgebra ignota, construida por símbolos inexplicables, que a simple vista, puede parecerle al diletante investigador, una saturnal de conceptos incongruentes. Pero no es así. La lógica de dicho ordenamiento mental, responde a ecuaciones que escapan al razonamiento ocasional y la lupa del sentido común. Si tuviera que decirlo de alguna manera, los mozos son como miembros de una secta masónica de orígenes inciertos y fundadores anónimos. La meta de tal grupo, es aún, más desconocida que el mismo.
Agotadas las pupilas de escudriñar una foto de San Lorenzo campeón de quién sabe cuando, levante la mano maquinalmente, para advertir al mozo de mi deseo de abonar la cuenta, y posteriormente, ganar la calle. Pero nada es fácil cuando de excéntricas criaturas como éstas se trata. La mirada del mozo, se encontró con la mía por una milésima de segundo, y con despreciable mohín, se escudó en una fingida indiferencia. Extraña sensación la de tener que esperar a que nuestro amigo se dignara a cobrarme para poder ser libre. La cuestión, en cierto sentido, tiene que ver con ese delimitado espacio de poder que tienen y que gozan dulcemente, cuando aplican sus entrenadas torturas, regodeándose de la torpe impaciencia de los visitantes. Sucede que estos seres, tienen la facultad de crear pequeños vínculos emocionales con sus clientes, guiados por arbitrarios pensamientos y azarosas reflexiones. Es así como, siguiendo la veleidosa brújula de sus sensaciones, entablan esas relaciones intimas y fugaces, que aparecen para el común de la gente, como actos del todo incomprensibles.
Una mirada, un gesto, un saludo, todo vale para la ponderación que nuestro antojadizo amigo pueda hacer de nosotros, con apenas unos minutos de conocimiento visual. La manera de comer, un beso ligeramente acalorado, o la simple disposición del cuerpo, emanan tales vibraciones que los mozos, de una forma que solo ellos conocen, traducen para acordar consigo mismos, el modo en el cual abordarán a esos sujetos que se cruzan accidentalmente en sus vidas.
De más esta decir, que la excepciones existen; pero la gran mayoría de ellas, se encuentra en el campo del mito y del relato sin tiempo ni espacio precisos. Un mínimo de salud adquieren nuestros lazos con tan misteriosos personajes cuando, por contumacia de presencia, nos forjamos un espacio a fuerza de itinerantes visitas. La condecoración de habitué, nos ofrece un margen para una comunicación mas fluida con estos entes, y también así, el goce morboso del desprecio que sufren aquellos que ingresan al sitio por vez primera.
Pasados unos quince minutos, arribó nuestro inmaculado protagonista. Una vez saldada la deuda, midió su saludo de acuerdo a la propina y se marchó.
El Kentucky, pizzería mística si las habrá para mi (allí se encuentran cosas maravillosas..), no desentona con el resto de los bares de la ciudad. Soberbio, muestra su flota de enigmáticos operarios, siempre dispuestos a hacer su trabajo, respetando a rajatabla, el cenit de sus antojadizas voluntades.
De simpatías incomprensibles se llena la vida.

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