viernes, 13 de julio de 2007

Esperas: El Banco


Y si alguna otra molestia me tenia que ocasionar mi antiguo trabajo, era la de recibir la liquidación en un cheque. Ante esa manifestación tangible y deplorable que representaba el costo de esas horas perdidas por nada, me quede pensando; y masticando la indignación de tener que movilizar mi osamenta hasta un banco, resolví hacerlo cuanto antes, para quitar de mi mente esa nueva incursión, por demás nefasta.
Odio los antros públicos. ¿Será que en ellos, todas esas idioteces que odiamos tanto de la gente, se materializan de la forma más concreta y dolorosa?. Los bancos, con ese rostro frígido y su fingida asepsia, no alcanzan a tener tan siquiera, el gélido encanto de un mausoleo. Allí descansan los papeles, bites y signos que traducen esa abstracción infame que es el dinero. Inexorablemente debemos visitarlos, malditas costumbres, y sentir su calor de velatorio, su alma de sala de espera y sus entrañas de mediocre minimalismo.
Salí al encuentro de dicha bóveda, para retirar las migajas que me correspondían. El frío mordía en las calles, y el viento hacía estragos por la avenida, despeinando hasta a las estatuas.
Una vez en el banco, ante una marea de seres perdidos y afanados, me ubique en una cola, que temí, era la que indefectiblemente le tocaba a mi destino. Formando con sus cuerpos un ciempiés paralítico, unas cuarenta personas, con somnolencia, se apretujaba como lo hacen los pingüinos. La estúpida creencia les dice, desde el instinto popular, que llegaran más rápido a la caja, si se mantienen adheridos a su prójimo.
La irritación ya jugueteaba con mi estómago. Cerré los ojos y respiré profundo, dándome ánimos para poder realizar tan insignificante tarea.
Empezaba el show. Mientras uno roía desesperadamente su fosa nasal, otro exhalaba el décimo “¡En este país...!”, y un fulano, indiferente a las críticas, se ensañaba con la postal de un turgente trasero. Y el ciempiés, no se movía. Y los pingüinos jugaban un ping pong de bostezos. En la caja, un corro de ancianos, vociferando como en una opereta, se debatían para acceder primero. Al borde del colapso, los miraba con desdén, y pensaba para mi: hay que reeditar la “Guerra del cerdo”.
Finalmente, el momento tan esperado llegó (horas después, claro), y la cajera me dio mi dinero, sin mirar mi rostro ni por un segundo. Es que la automatización de sus actos, le exigía convertirse durante esas horas, en un zoombie contable. Poco importaba.
Munido de los mendrugos que ocasionaron mi viaje, comencé el retorno, abandonando mi plan original, de visitar la librería, comprar facturas y sentarme un momento en la plaza a la salida del banco. Ya había tenido demasiado por ese día.

Liniers es único.

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