
Como es mi costumbre, levanté el teléfono prodigando cuanta imprecación se me cruzaba por la mente. Una voz entrecortada por fallas de origen congénito, me comunicó entre sollozos, el motivo por el cual, incurría en la impertinencia de desviar mi atención hacia cosas que no fueran yo mismo.
El “flaco” se había muerto.
Diré del “flaco”, que fue una de esas personas que por incomprensión, y asco ante el inevitable menú que la sociedad le ofrecía, se recluyó tempranamente. Tal como me sucedió a mi, vastas lecturas y vivencias similares, nos influenciaron de manera tal, que la vida termino siendo tan solo un espacio para la observación participativa y el análisis del mundo, desde la atalaya de quienes no pueden contener las nauseas. ¿Cuántas noches pasamos divagando sobre la precaria existencia de nuestros contemporáneos?; daba la impresión, quizás por el cristal de la juventud, de que nuestras ideas eran lo más aproximado a lo que la realidad mostraba. Y así, nos fumamos extensas noches, anatematizando la vida; ese falaz teatro de especulaciones.
El flaco ha muerto, pensé, abrumado por una vaharada de imágenes. Sus cuentos ahora, adquirirán un valor diferente. Leerlos, no solo será internarse en sus conceptos, sino también, extrañar su presencia allí, explicando aquello que sonase absurdo y despotricando por la estolidez de sus lectores. ¿Qué será de sus libros?. ¿Adónde terminaran sus tan amados libros?; ¿Quién como él, les dará ese afecto especial a esos compendios de hojas y signos?. ¿Será el destino de estas obras, perecer en la quema, improvisar la pata de una cama, o recibir el lamentable asilo de una biblioteca de barrio?. Artaud, Baudelaire, Nietzsche, Kafka, Dostoievsky....¿extrañaran sus páginas, los temblorosos dedos del “flaco”?
Sin responder, di por finalizada la llamada, ante un silencio que no comprendía por parte de mi interlocutor. El “flaco” había pasado de vida, arrullado por una estufa que cálidamente, lo embriagó de monóxido de carbono. Vaya muerte para uno de tantos que en algún momento, pensó en la vida como una obra de arte; para uno de esos que sintió en alguna ocasión el placer de estar maldito; para uno de esos que se desengaño del surrealismo, del comunismo, de la democracia, y demás, a manos de una realidad tan insulsa como impiadosa, que lo sumió en el total enclaustramiento.
Pobre “flaco”, me dije, aunque sabía que en el fondo, sentía que sus horas eran un constante tiempo de descuento. Si antes no se había suicidado, era porque tenía ese punto débil que todos los soñadores tienen. Tanta imaginación, no puede más que generarnos alguno estúpida esperanza, quizás mas cercana a las alucinaciones que a lo real. Quizás por eso aguardaba con ardiente paciencia, la llegada triunfal de una nueva vida, de un objetivo sublime, de un amor colosal....
Elevando juramentos me alejé del teléfono. Ahora el “flaco” es un recuerdo. Ahora, es tan solo una silla en el bar, un llamado telefónico anual que ya nunca será, una visita al cementerio, un tema de los Beatles, un fantasma que me visitará cada vez que recorra esos lugares que frecuentamos tantas veces.
Adiós “flaco”. Hasta luego.

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