
Alguna vez he ocupado ese lugar. Todos alguna vez, nos pusimos en ese lugar. En realidad, es algo que surge guiado por azarosas causas. Sin darse cuenta, ya se está allí, sorbiendo un café, acosado por ese espacio que se hace estrecho y árido. Esa imagen se puede apreciar en todos los bares, y es la imagen del solitario. Con una notable tristeza que se lee en sus pupilas, debatiéndose en pensamientos inescrutables, permaneciendo ausente y con mínimos movimientos, el solitario desarrolla su papel con meticulosa flema. Llega casi sin ser percibido, y mezquinando miradas, se concentra en algún punto, uno absurdo y de poca relevancia, para dar rienda suelta a su mudo soliloquio. Impermeable a cuanto sucede a su alrededor, los gritos, las risas y el trajín del bar no logran afectar sus sentidos. Es que en este momento, es el solitario del bar, alimentando la imaginación de cuantos por allí, se ven intrigados por su hálito sibilino y su pequeñez sustancial.
Fuma, y cada pitada es un suspiro retenido y una exhalación que huele a pensamientos, resentimientos y antiguas frustraciones. Ideas muertas parecen adornar su estampa, y nunca le ha de faltar ese lastimoso glamour suicida. Parco en sus palabras, se atiene a esgrimir tan solo las frases necesarias para ser admitido en dicho lugar. ¿Para qué se mete en un antro pleno de gente nuestro solitario?; ¿Qué busca, ensimismado, entre el derrotero de voces y miradas ajenas?
Baudelaire hablaba, con esa gracia enfermiza, sobre cierto equilibrio. Saber poblar la soledad, y mantenerse solo en una atareada muchedumbre. Pero...¿Quién sabe?
Allí está nuestro solitario, acabando su décimo cigarrillo, intentando leer en las cosas algún signo que le explique, que le aclare, por qué motivo se encuentra allí.
Con una postura inmutable, se inclina sobre la mesa en contadas ocasiones, para frotarse la cara. ¿Qué cosas intenta borrar de su rostro, restregándose de tal forma?; ¿Es que no quiere entender la inutilidad de sus manos para asir lo inasible?; Aquello que lo conmueve, lejos esta del alcance de sus fríos dedos. O quizás, el gesto represente tan solo, el deseo de una ceguera tranquilizadora.
Aturdido por tan perturbadora calma, nuestro solitario pide la cuenta y se retira, lentamente y con tibios ademanes, envuelto en su luctuoso e insondable misterio. Cruza la puerta y se pierde entre la gente, llevándose su soledad a otra parte, como buscándole eternamente, vanos divertimentos.
Todos hemos estado alguna vez en ese lugar. Posada que nos espera siempre cordial, con ese amor umbroso y esa fatal seguridad de reencontrarnos.

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