martes, 3 de julio de 2007

Anocheceres urbanos



Anochece en San Justo. Con su agitación tradicional la calle se desnuda de transeúntes, y luce su pálida soledad. Desde la densidad de la urbe, migran las almas que han terminado su combate con el trabajo, a descansar, dentro de sus posibilidades, para la lucha de mañana. Así se los ve retornar, con sus rostros alicaídos, espejos del cansancio, y esa mansedumbre tensa de quién se vuelve sin haber hecho, ni dicho, todo lo que hubiera querido.
Un ciempiés de luces se dibuja en las calles principales. El panorama presenta diferentes gamas de gris, solo interrumpidas por las luces de los semáforos y algún que otro vanidoso cartel. En todo regreso hay un sentimiento ambiguo. Una felicidad de minúsculo plazo por el reencuentro con la libertad y una desazón ante esa pregunta que regularmente uno se formula: ¿Y todo esto para qué?. La posibilidad de realizar empresas beneficiosas, la dicha de hacer lo que realmente se ama y la certeza de obtener aquello que se añora mediante el esfuerzo tienen en esta sociedad la consistencia de una utopía. Y a no malinterpretar, aquí no se esta hablando de yates y joyas. ¿Y siempre será así?, se pregunta alguno, sin recordar tan siquiera como es que ha llegado a la puerta de su domicilio.
El ocaso despliega su taciturno fulgor, y el descenso de las persianas juega a regalarnos una alegoría del letargo en el que la ciudad se sumerge. Allí van los trabajadores, vencedores y derrotados, en inconsciente fila india hacia sus hogares. Bostezando y mirando sus relojes, sacando cuentas de todo aquello que deben hacer en ese pequeño resto de la jornada. Sí, tanto trajín disparatado, los impulsa a manejar con industria la economía de esa pequeña porción de vida que les queda para si mismos. Porque, según parece, para existir hay que trabajar. Y el trabajo demanda tanto y tanto, que de existir podemos hablar, pero de vivir....
Las luces se encienden, y las calles se ensanchan en sus vacíos nocturnos.
Las puertas se abren, y todo el mundo se dispone a gozar de esas pocas horas sin quehaceres obligatorios, ni imposiciones empresariales. Pero es tarde, y la fatiga arrasa. La televisión aburre, los chicos lloran, y los perros ladran.
Anochece en San Justo, como en todas partes.

Cada día oscurece más...

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