miércoles, 8 de agosto de 2007

Canción subterránea


“Yo sé que en las madrugadas,
cuando las farras dejás,
sentís tu pecho oprimido
por un recuerdo querido
y te pones a llorar".


Por la inmunda escalera del subte me encaminaba a paso regulado. Es que las estaciones del subterráneo son uno de esos lugares que siempre se encuentran abarrotados de basura y con las barricadas de una constante e inacabable reparación. Vallas, cintas, y un desorden eterno, son las flores que brotan bajo la tierra, en este singular medio de transporte, que nunca deja de arrobarnos con su misterio de ecos y su rarefacción.
Cada peldaño me hundía en sus dominios, y cada paso que daba me acercaba a una voz, que desde el interior del laberinto que conduce al subte, brotaba limpia y afinada, adornada por esa acústica tan peculiar que poseen esos pasillos. Era la entrada a la estación “Plaza de Mayo”, que se encuentra a metros de Casa Rosada. Y mi descenso se aceleraba, a medida que la intriga por ver a quién ejecutaba ese tango se iba incrementando. Era una mujer, claramente, la que con una dulzura sincera, lanzaba su endecha tanguera a los oídos que casualmente se encontrasen en la vecindad de su ser. A capella, demostrando la potencia y la personalidad de su voz, la sirena del subte regalaba una performance que llamaba notablemente la atención por la candidez que le propinaba al género que estaba utilizando. Un tango triste, perdido en la amargura de la desesperanza, logra ser una pieza de colección y una herramienta capaz de llegar al alma si se canta con la predisposición necesaria y la franqueza de una voz ensombrecida por una vida de sinsabores y aflicciones. Fracasos, humillaciones y afrentas que el pasado absorbe y el cuerpo asimila, se podían percibir en la sonoridad de sus palabras. “Pero yo sé” era la pieza que estaba, con exquisita industria, cantando esa mujer. Solo la pude divisar cuando baje la escalera y en un ángulo de noventa grados, la vi, allí, tendida en el piso, en tan solo un trapo extendido. Sobre ese trozo de género, su cuerpo descansaba, y a su lado, se encontraba la cosecha de monedas que su talento y la lástima ajena le habían dado. Su rostro, que delataba la cercanía al medio siglo, permanecía inmutable y distante. Sus ojos, presentaban el vacío de una ceguera que respondería, pensé, a ese ánimo de no querer ver nada, y mucho menos, a si mismo. Sus piernas, vaya a saber por qué designio, la habían abandonado, y el cuadro de su mutilación azotaba las conciencias de cuantos la observasen. La crudeza de su miseria y la afabilidad de su voz, estallaban en un contraste que sobresaltaba a las personas que bajando la escalera, se topaban con la sirena mocha y su arte por amor a la subsistencia.
Una vez frente a ella, terminamos el tango a dúo. No se aún por qué motivo, sentí esas ansias de estropear su ejecución. Me miró un solo instante, y al comprender que no pondría mi óbolo para su causa, desapareció nuevamente en su aislamiento, y prosiguió con su canto, indiferente.
¿Dónde se encontrarían sus piernas?, pensé, en un rapto de delirio. Seguramente, me respondí, en algún recóndito lugar, junto con sus sueños, fantasías y proyectos. ¿Qué cosa estaban pagando aquellos que le donaban algún vuelto?; ¿La pena o el don?. Poco importaba, ya que quizás ambos se trenzaban en un abrazo, y bailaban ese tango con el que nuestra artista, decoraba el pasillo, con guirnaldas musicales que arribaban al andén.
Me subí al subte, y éste me alejó de aquella escena. Pero el tango se quedó conmigo, durante todo el día, con su áspero perfume de infortunio.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te cuento algo?...
El dia que tenga que ir al centro, a la estacion Plaza de Mayo, voy a imprimir la nota y se la dare a esa cante ocasional de la cual te referis. Imaginate que grata sorpresa se llevara!

... dijo...

No solo espero que lo haga, Purpura, sino que espero que la encuentre, y que pueda disfrutar de su cantar.
Desde ya, le agradezco el comentario, y el reconocimiento que me regala con él.
Salut!