
A veces hay que aprovechar la tristeza. Las rencillas amorosas, los malos entendidos, los desencuentros, la mala suerte. Porque, si esta visto que no se los puede eludir en esta vida, y que nos visitan con una terca insistencia, lo mejor es sacar partido de sus efluvios.
Cuando algo detona nuestras sensaciones, y nos abaten los humores plúmbeos de la melancolía, ¿qué cosa podemos hacer?. Nada nos conmueve en esos trances, y ningún consejo existe que pueda desbloquear nuestro macilento corazón. Una vez sentados bajo la sombra de la tristeza, solo resta esperar a que el cuerpo la asimile, y se reponga lentamente, para enfrentarla de nuevo.
Hoy una absurda discusión me ha hecho sentir el frío acero de esa sensación clavarse en mi pecho. Una amargo dolor me dejó aterido y titubeando, tanteando en una densa ceguera, intentando encontrar alguna pared para ponerme al socaire del padecimiento. La plena incomprensión de lo sucedido, agudizaba aún más mi sufrimiento, dejándome hundido y ensimismado, escudriñando el horizonte para encontrar algo que me sirviese, aún engañándome, de bálsamo.
Caminé unas calles. No sabía bien donde me encontraba. Tan intensas eran las ráfagas de mi lamento, que no lograba conciliar con la conciencia un equilibrio, que me permitiese hacer foco y descubrir mi paradero. Aquello que reconocía débilmente como espacio, se presentaba con una rustica crueldad, en la cual las formas y los colores se mezclaban grotescamente, afectando con su tenebrosa fisonomía a mis desconcertados sentidos.
Llegué a un bar, el eco de aquella charla delirante aún resonaba en mi cabeza. Releía todo el tiempo el inexistente guión de aquella desafortunada disertación, intentando ubicar la raíz de aquello que me había malquistado con ella. ¿Cómo si eso sirviera para algo?, me dije, pero continué repasando una y otra vez, aquellos trozos inconexos de palabras y pronunciaciones, a la búsqueda de un sentido.
Terminé un café, sin darme cuenta tan siquiera del momento en el cual lo había pedido. Esa ensoñación que me prestaban los recuerdos, se interponía con enjundia, entre las imágenes que la pobre realidad de aquel tugurio me ofrecían. La ansiedad por aclarar los tantos, puede en oportunidades, solo ser un mal vicio. Y pobre de aquél que lo sufra, en su ilusoria beatitud.
“Realidad hay una sola”, me espetó el mozo, un hombre adusto y de rasgos cuadrados, que exhibía en su talante, la descortesía típica de su clase, y un aire sibilino. Es que ya sabía este fulano, que más allá de encontrarme en esta porción del universo, mi mente se hallaba entretenida en disquisiciones tortuosas.
Pagué por ese jugo de paraguas, y me dirigí sin más a mi domicilio. Ahora las calles estaban más claras, a pesar de la noche. Todo parecía más claro. El dolor, de férrea existencia, se mostraba ahora diáfano, y juro que me habría invitado a llorar, si no fuera por esa sempiterna aridez lacrimógena que poseo.
Entré a la habitación. Sabía claramente que no iba a poder dormir. Me senté delante del ordenador, y comencé a escribir. Varias notas realicé sin detenerme. Ese fue el único provecho que pude quitarle al tiempo. ¿Por qué el genio se alimenta de tan disímiles vertientes?. ¿Por qué la extrema sensibilidad nos inspira?. ¿Quién sabe?. Quizás todo es una trampa para nuestra atención. Un opio para acallar a nuestra conciencia.
Así se fue la madrugada, y más calmado y pacífico, seguí desglosando mi drama, bebiendo un café que parecía nunca satisfacerme, escribiendo tonterías y desangrándome invisiblemente.

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