
Estábamos sentados en un banco en Primera Junta con el Flaco. La bóveda, extasiada de nimbos amenazadores, ofrecía una penumbra empalagosa, de esas que generan cierta pesadez mortuoria a los movimientos. Los anónimos peatones, se desparramaban por la plazoleta, con una prisa diabólica, para desaparecer entre el tumulto, ganar un colectivo o simplemente, sepultarse en el subte.
Por una de esas casualidades tan especiales que nos unían con el Flaco, ambos compartíamos la escena sin mencionar palabra. Algo nos compungía, y cada cual con su historia, observaba la realidad envuelto en cavilaciones e idealizaciones analíticas, hijas del más consistente hastío.
Hay convicciones, a veces transitorias, de apopléjica influencia, que nos sumen en silencios flagelantes; plenos de resignaciones y sensaciones de esterilidad, muchas de nuestras ideas enmudecen ante esos silencios, por ese tenor de imaginaria e inequívoca certeza que poseen, y que vuelve a las palabras inanes artilugios mentales.
Absorbidos en la nada, con un elenco de palomas litigando por un mendrugo delante de nosotros, el día transcurría inerte, singlando como de costumbre hacia un rumbo consabido y a la vez, desconocido; con esa ambigüedad típica de su vació, que parece mostrar mil caminos, y que sin embargo, confluyen a la postre, siempre en el mismo y escuálido norte.
No recuerdo bien por qué nos habíamos sentado allí, pero si recuerdo que fue el Flaco el que indico el lugar. Imagino que ambos teníamos ganas de compartir un rato de soledad, para intercambiar finalmente alguna noción extravagante sobre lo que sucedía. Comprendí, luego, que algo estaba intentando decirme el Flaco. Aguardaba, bajo el falaz sosiego de esa reserva, el momento de irrumpir con algún discurso inconexo, como frecuentaba hacer. Cuántos silencios compartimos. Cuantas horas entregados a escuchar el bullicio, sin percatarnos de lo que nos rodeaba, sumergidos en la tarea de descifrar lo indescifrable, transitando los umbrosos pasillos de la reflexión. Pobre Flaco, pensar que un tiempo después, el silencio seria su patria final, y mis reflexiones y recuerdos, su único e inevitable espacio.
Como el numero de personas que deambulaban por Primera Junta se incrementaba, y así mi fastidio, no pude más que impeler al Flaco a que rompiese el mármol de sus labios y se dignase a decir aquellos que ansiosamente callaba.
Me miro un instante, con esos ojos siempre rebosantes de pena, y con gestos de ostensible torpeza, atrapó su cara en la reja de su mano, y perdiéndose en un punto cualquiera, leyó aquello que en su mente se había escrito.
“Algo me sucedió en este mismo banco, hace unos días. Juro que no sé aún cómo llegué hasta aquí ese sábado. Al espíritu, eventualmente, lo llevamos arrastrando, y nos pesa, y nos constriñe a soportar su holgazanería; en otras ocasiones, lo llevamos sobre nosotros, y nos incomoda el paso, y los movimientos, aturdiéndonos con su presencia. Pero, amigo, creo que así también, puede suceder que una explosión incomprensible, desate su delirio, y lo haga correr por delante de nosotros; llevándonos a puntos impensados, exponiéndonos a situaciones que otrora resistíamos. A veces, nos engañamos, o nos cansamos de ser quienes somos. Y no entiendo aún por qué, la última palabra la tenemos nosotros, cuando ya todo ha sucedido. Te confieso con extraña alegría, que la vida me ha deparado, en este mismo banco frente al monumento, un asombro. Un ser, un hermoso ser, se ha inmiscuido en mis pensamientos. Una nueva sensación me ha recorrido, y juro, que no esperaba nada como ello, tu lo sabes bien.
Bien, no se que más decirte, porque me encuentro en la dura tarea de comprender, y comprenderme”.
Callamos, y seguimos en nuestros viajes catalépticos. No mencione palabra. Sé que él, no las esperaba de mi. Sabia muy bien que estaba entrando en contradicción con sus dogmas. Y tenia muy claro que los míos eran definitivamente peores a los suyos. La morbosa sensibilidad del Flaco era un tema a discutir. Pero qué podía decírsele, si ante tamaña tristeza que la vida le infligía todo el tiempo, no intentase involucrarse en nuevas sensaciones, participando íntegramente en cuestiones de alquimia corporal, llámese locura o amor. Si, temía por las nuevas tribulaciones a las que se expondría; pero él de seguro, estaría al tanto de ello.
Me levanté, y visto que no demostraba intenciones de moverse, lo abandoné a su confusión sin saludarlo. Era común entre nosotros entender nuestras necesidades de soledad. Y el Flaco se quedo allí, en su mítico banco, a la espera de mil pensamientos, con un asombro en sus estanterías, y dispuesto a explorar esas nuevas habitaciones de su alma.

3 comentarios:
Comprender y comprenderse! Es la odisea cotidiana!
Se empiezan a abrir las puertas interiores, en el mundo del Flaco...
Estoy absolutamente conmovida de haber descubierto por mera casualidad este maravilloso espacio. Volveré con ansias de seguir leyéndote.
Laura
Caricaturista, me place gratamente que ud saque de mis notas aquello que quiero que se lea.
Laura, le agradezco muchisimo su comentario. Tanto como el que me ha dejado en la nota anterior. Es muy saludable encontrar que el esfuerzo de condensacion que uno intenta hacer de aquello que se siente, reciba palabras como las suyas. Sobre todo, viniendo de una persona de letras.
Salut señores!
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