lunes, 22 de octubre de 2007

Cuervos


Se los puede encontrar en todos los estamentos de la sociedad. Son ejemplares autóctonos, pero de una fauna cosmopolita. Arramblando con todo a su paso, emperifollados de un negro luctuoso y un hálito parasitario, estos seres se multiplican geométricamente y ganan por un amor corporativo e imaginario, un reconocimiento tan real como nefasto.
A gran distancia puede percibirse el perfume de los helmintos que recorren sus avenidas corporales. La podredumbre de sus almas, les otorga el hábitat necesario para que esas agusanadas osamentas puedan atravesar la existencia, soportando la verdadera imagen de sus esencias. Tan solo una saludable abyección espiritual puede proporcionarle a dichas mentes una fortaleza tal, que les conceda matrimoniar la naturaleza de sus cuerpos con el espantoso accionar de sus instintos. El afán por la carroña, la hipocresía escatológica y el goce de los más deliciosos frutos de la miseria, solo pueden conjugarse en un ser preparado para tales bajezas; para digerirlas sin la más mínima culpa, y extraer de ellas, con los nutrientes del odio y la desesperación, una satisfacción inefable.
Una deletérea inercia los mueve, y los obliga a inmiscuirse allí en donde nadie los necesita. Simulando un certero mutualismo mediante todo artilugio y sofisma, estos repugnantes bichos, generan la ilusión de ser necesarios, a través de herramientas de poder desconocidas y aceptadas, solo funcionales en un ambiente de ignorancia e ilusiones. Así es como, con un manto de símbolos (de esos tan típicos en nuestras imbéciles sociedades) argumentan la imperiosa necesidad de sus presencias, y sepultan, tanto la levedad de esa razón de ser que los sostiene, como la falsedad que inequívocamente adorna sus frentes.
Allí donde las palabras choquen, y las ideas no encuentren posibilidad de encastrarse con la realidad, aparecerán estas aborrecibles alimañas; allí estarán, para engalanar con sus salomónicas y mortíferas sombras, aquellos espacios en los que algún conflicto desate mares de ira y torrentes de discordia. Allí es donde se corporizan, fortalecidos por las trápalas históricas que sustentan sus actuaciones. Y tan hábiles son estos seres, que imponen y enseñan a los atemorizados animales que los rodean, a respetarlos, y a contraer la vergonzosa costumbre de alimentar sanguijuelas.
Palabras y palabras. Libros y leyes. Sobre la abstracta inmundicia de los hombres, se regodean estas podridas masas antropomórficas. Pactando con la nada, como tantas otras fieras, han creado enormes cubiles, basados en un sedimento solidificado, de incierto origen, pero apuntalado por el dolor, el rencor, la angustia y el displacer de aquellos seres que vampirizan.
De seguro, lector, los has visto. Están por todas partes. Usufructuando, ferozmente y sin sentido, cuanto dilema divisen con su venenosa pupila; fagocitando sus faltriqueras del líquido que rebasa de los tanques de espumarajos, lágrimas y esputos.
Los has visto, lector. Suelen llamarlos “abogados”.

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