jueves, 4 de octubre de 2007

Metaviajes


Me encontraba absorbido por el encanto hipnótico que me suelen convidar los medios de transporte. Mi mente, en ocasiones como esas, reacciona automáticamente, generando una sólida dispersión; nublando mis sentidos con su fiebre conceptual. Inevitablemente, mi atención se disuelve. Quizás por un reflejo defensivo; una imperiosa necesidad de fuga que facilite la convivencia entre los demás seres. En cierto sentido, es el estado de ánimo el que define la suerte de nuestra travesía, y la manera en la que resolveremos su experimentación. Por mi parte, las barajas suelen repartirse entre la ensoñación leve, el ensimismamiento amnésico o el ilapso lancinante.
El cartel de la estación “Castro Barros” hirió accidentalmente mis pupilas. Se instaló delante de mí; y allí, apareció la imagen del vagón del subte. Y con ella, retorné a la vigilia, y caí en la cuenta de que la formación estaba abarrotada de esos simios alopécicos que tengo como congéneres.
Tres chiquillos hicieron su aparición en aquella móvil sentina. Sus rostros céreos exhibían la jaspeada impronta del pauperismo como empapelado corporal. Sus movimientos, desacompasados y torpes, manifestaban ese otro viaje por el tren del marasmo ilusorio, en el narcotizado sueño de los que existen en una total ausencia.
La escena de los tres ribaldos embriagados de tolueno no supo encontrar la brújula que la encaminase hacia mi asombro. Pero por algún arcano motivo, se devoró unos minutos de mi interés. Nadie en aquel vagón, acuso recibo de haber sentido tan siquiera la presencia de aquellas tres pequeñas efigies de la decadencia. Quizás, la contemplación de los parias, en forma prolongada e inevitable, instale marmóreas paredes en las conciencias. O paredones en algunos casos. Imagino que por una cuestión de tranquilidad, la mente exige filtros de invisibilidad; descompuestos cristales que apacigüen los calambres del paisaje. Entre la ceguera de los feligreses, los divisaba, con esa eterna opacidad en sus caras. Bien podría decirse que hasta sus colores sufrían esa hambruna que aniquilaban con sus bolsitas de pegamento. ¿Sabrían acaso, que estaban formando las filas de la hez de la sociedad?
Siguieron gallofeando hasta la estación Plaza Miserere. Los fingidos ciegos, hicieron vibrar al vagón con el suspiro general que coronó la partida de esos niños. El sosiego de esa desaparición, se reflejo en todos los frontispicios del pasajerado. Yo había observado a esos miserables párvulos con algo de perplejidad. El más pequeño, tendría unos seis años. Y pocos por delante. El resto de los viajantes, se entretuvo en la reiterada y simulada lectura de alguna publicidad. Sé que no quisieron verlos. Maquillados de mugre y peripuestos con tales despojos, la pena y la repulsión se habrían confundido en sus mentes a la hora de ponderarlos. Aquellos ilotas montaraces, alucinando lejos del hambre y la necesidad, constituyeron uno de esos acicates que quitan el sueño, por conmiseración y terror. Quizás no solo los vieron, sino que hasta oyeron el rechinar de las cadenas de esa celosa pobreza que los mancipaba.
Volví a encerrarme en mis elucubraciones. Eran mis ojos, entonces, los que necesitaban interrumpir sus funciones, y alejarse de aquellos ciegos.
¿Sabrían acaso, que estaban formando las filas de la hez de la sociedad?.

5 comentarios:

Gala dijo...

Cada día me convenzo más, Buenos Aires es un amor para mirar de lejos.
Esto de la adulación entre literatos no es lo mío, pero me cabe tu estilo. Deberías editar una revista a lo Symns.

Anónimo dijo...

Un grande racconto de " mi Buenos Aires querido". saluti...e Coraggio raggazzi...

... dijo...

Gala, le agradezco mucho el "elogio" que me ha convidado. La adulación, tiene otros móviles, menos sinceros y más ruines.
El reconocimiento siempre es bien recibido, y habla de egos despejados y generosos.
Y si son filosóficos, cuanto mejor.

Caro Van Exel, cuanto piacere rivederla!. Buenos Aire c'e qualcosa che non si puo spiegare, ma che ci fa ricordarla tutto il tempo.

Salut!

Anónimo dijo...

Cuanta razon tenes pettgus, aunque a uno le de verguenza tiene que admitir que asi actuamos.
Que degradados estamos verdad?
Gracias por escribir.
Saludos pettgus...

... dijo...

Lauvet, gracias y bienvenida a esta tertulia invisible.
Cuanto me place que comparta mis palabras.
Si, definitivamente, la degradacion es uno de nuestros deportes favoritos.

Salut!