sábado, 13 de octubre de 2007

Eventuales concepciones del amor, en alguna tarde semejante a todas


La idea del amor es una constante en la vida. Cada tanto, en algún crepúsculo, o caminando por algún paraje solitario, éste tópico nos asalta; y con él nos sentamos a disertar sobre su existencia, su naturaleza, y su completa indefinición. Siempre vuelve a nosotros; aún luego de haberlo defenestrado en alguna ocasión, abrigados por el espasmo de un desgarro insostenible. Pero retorna, y aunque el odio también se siente a esa mesa a degustar el tema, el amor será eternamente una polémica sabrosa que nos robe más de unos minutos en su estéril dilucidación. Es un juego morboso, y una de tantas manías filosóficas.
Unos días después de haber hablado con el “Flaco” en aquel banco de Primera Junta, lo crucé por las calles de Palermo. Pensé que iría al Kentucky, como solíamos hacer de vez en cuando. Pero a unos metros, y antes de interceptarlo, me detuve. Maquinalmente se dirigió a una esquina, Juan B. Justo y Santa Fé, y allí, mirando en derredor se quedó paralizado. Cuánto le costaban estas cosas al Flaco. Sabía, que un viento, un Virgilio, arrasaba sus pasos, lo alivianaba y lo conducía inevitablemente hacia su Beatrice. Cielos e infiernos sobrevolarían en el limbo de su mente, y sus certezas y dudas, pensé, estarían licuándose en esa vorágine hormonal. Finalmente ella se presentó, se besaron largamente, y munidos de una inconsciencia que borraba todo cuantos los rodeaba, se fueron, perdidos en la fruición de ese placer que habían encontrado. Sí, gozarían, imagino, del hecho de experimentarse a si mismos en tal momento, sin percatarse de los umbrosos anales que arrastraban y las debacles que la vida les había imprimido en los rostros. Ese minuto de olvido y melifluo paroxismo, es el producto que el amor nos vende, y que casi irremediablemente, compramos. Aún a sabiendas de los costos adicionales y de esa fecha de caducidad que se esconde en algún pliegue. ¿Pero cómo no hacerlo?.
Sin dudas el Flaco, por la fragilidad de su topografía mental, estaría de seguro sintiendo este particular capitulo de su vida con una energía feroz. Tenía la certeza de que en su mente, tan amante de las fantasías y las tristezas, este amor se potenciaría, quizás, de manera peligrosa. Pero de todos modos, paladeaba cierta felicidad por su estado. Tantas cosas nos unían y nos separaban en nuestra amistad. El amor, para mí, siempre había sido un tango en patines. Enloquecido en la inquisición minuciosa de las afectaciones ajenas, me veía imposibilitado de gozar de aquellos que me sucedía. Ningún romance tardaba en convertirse en un deja vu de todos los anteriores, infectado de inercias protocolares y especulaciones actorales.
Pero lo importante, era que el Flaco estaba en su nirvana amoroso, en la convulsión y el frenesí que el sentimiento le estaba obsequiando. Yo sabía que temía, y que su mente lo estaría jaqueando todo el tiempo. Pero algo lo mantenía estoico en esa postura. Una deuda saldada con la existencia. Un hecho que no quería perderse; el de comprobar la capacidad de sus sentidos, y la influencia de esa esplendente realidad sobre la oscura densidad de su espíritu. Iluminaciones y reverberaciones. Allí estaría el Flaco, contemplándose y explotando esos terrenos yermos, en busca de algún vergel de jauja. Sabía que de esa aventura del sentir, de esa investigación de si mismo, tomaría fuerzas para continuar en una odisea a la que tanto había rehuido en el pasado. Un alquimista, un romántico sin melindres; eso era el Flaco. Pero como a casi todo neófito, la sustancia lo había sustraído. Algunos “Eureka”, no pueden mas que devorarse a sus descubridores, e incinerarlos en su propio paraíso.
Entré en el Kentucky. Allí, no había nada de amor, ni de arte. Pensaba en la fortuna de mi amigo. En las mil puertas que tendría delante; en el pérfido olvido de sus cuidados; en las convicciones que sabía, nunca lo abandonarían, pero que obviaría, sin más, para destruirse al menos una vez, en un idilio divinal.
Como tantos otros divagues filosóficos, la idea del amor y sus implicancias se había apersonado delante de mí, como en otras mil oportunidades. Como una reiteración vana, como un bumerán candente. Como ese mozo que se aproximaba de mala gana para traerme el cortado de siempre y que tanto despreciaba; pero que inevitablemente, volvía a ver. Debilidades nos sobran, y sus raíces se fortalecen, libando la hiel del aburrimiento, y de nuestra perpetua e inextricable confusión.
El Flaco estaba viviendo el romance de sus días, con la intensidad que ameritaba ese caso en especial. Porque ése sería a la postre, su gran romance; y el último e inconcluso.

4 comentarios:

LA CARICATURA EXISTENCIALISTA dijo...

un tango en patines, una gran metafora para explicar la imposibilidad de una relación, y muy argentina claro, muy spleen de Buenos Aires!

el Flaco sigue construyendo un mundo para sí mismo, el oasis de una filosofía personal, hasta donde llegará en sus meditaciones? saludos de la caricatura

Anónimo dijo...
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EXTRAVAGANCIA dijo...

uy las concepciones del amor, que tema...me pareció muy interesante y muy real tu post.
Movilizador...

"Allá a lo lejos puedes escuchar
a un amor de primavera...

...Abre el barril de lluvia
y toma una copa
y el hombre de cristal
volverá a vibrar..."


saludos

... dijo...

Caricaturista, siempre le reconozco esa minuciosidad para descubrir la chispa de mis textos. Si es que la tienen, ovbiamente.

Extravagancia, histrion virtual, gracias por pasar y por musicalizar el pasillo de los comentarios. Muy creativa.

Salut!